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López Obrador dijo a los banqueros que lleva 16 puntos de delantera en las encuestas. Es mucho decir, aunque según el sitio Oracoulus, que resume todas las encuestas, su ventaja sí es de 10 puntos, superior a la de marzo de 2006 cuando tenía 38% de las preferencias contra 31% de Felipe Calderón. Perdió al final por 0.6%. (Véase el artículo de ayer de Leo Zuckermann http://bit.ly/2p6A88a).

Según la versión de AMLO de aquellos hechos, en 2006 le habrían cometido fraude hasta por 7.6% de los votos (la ventaja que llevaba y las décimas por las que perdió), algo así como 4 millones de votos sucios. (La votación final fue de 41 millones 791 mil votos).

Ahora, López Obrador dice llevar 16 puntos de ventaja. Y aún con esa ventaja, cree que el fraude es posible, cree que esta vez pueden hacerle un fraude de 16 puntos de la votación.

En el padrón electoral registrado, de 85 millones de ciudadanos, 16 puntos son 13 millones 600 mil votantes.

Supongamos que en 2018 vota solo la mitad de los empadronados. Para robarle la victoria a López Obrador,  los autores del fraude tendrían que quitarle a él, o ponerle a otro, o las dos cosas, el equivalente de 6 millones 800 mil votos.

El Instituto Nacional Electoral y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación tendrían que dejar pasar por sus controles 6 millones 800 mil votos fraudulentos.

Tendrían que meterlos o sacarlos a las urnas los gobiernos locales, el gobierno federal, los otros partidos, los empresarios cómplices, los funcionarios de casilla comprados, los vigilantes de casilla coludidos, los autores del conteo rápido, los alimentadores del PREP, los consejeros del INE, los jueces del tribunal y, finalmente, los medios, que se harían de la vista gorda ante todas las trapacerías necesarias para inventar 6 millones 800 mil votos.

Hay que tener mucha fe en la credulidad de la gente para sostener que es posible una república comicial como la descrita. Creo que el primero en no creer en ella es el propio López Obrador. Pero su fuerte no es la credulidad, sino la propaganda. Y la caricatura de una república comicial capaz de todo, es la pieza de propaganda clave de su verdadera fe democrática: si pierdo, hay fraude; si gano, no.

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