Pandemia por coronavirus (Cobertura especial)

El perro y la llorona

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Héctor Aguilar CamínDía con día

Quizá las camionetas de La llorona de la chatarra esconden otro negocio. Quizá son el aviso para que vengan a abastecerse en ella, de ignotas mercancías, quienes necesitan esas mercancías

El perro empieza a aullar casi un minuto antes. Tres o cuatro veces al día. Cuando el perro empieza a aullar, yo sé que en menos de un minuto empezaré a oír lo que lo atormenta.

Porque aúlla como si lo atormentaran. Lo atormentan de hecho, su aullido es el argumento de mayor humanidad que puede oírse contra la plaga sonora que se ha enseñoreado en la ciudad, desde luego en mi colonia y en mi calle, la plaga que el poeta Luis Miguel Aguilar ha bautizado como La llorona de la chatarra, esa voz lastimera, quejumbrosa, inconfundible, que provoca el aullido del perro casi un minuto antes de provocar el aullido en la boca de mi estómago.

Se compraá, colchoónes, tamboóres , refrigeradoóres, estuuúfas, lavadoóras, microoóndas, o algo de fierro viejo que vendaaaaaá!!!

Durante las seis cuadras de su tortura, el perro oye hasta seis veces el siniestro, penetrante, obligatorio estribillo.

Yo lo oigo completo tres veces, desde que aparece su primera nota histérica en mi oído hasta que se pierde una calle después.

La llorona de la chatarra pasa por mi calle tres o cuatro veces al día, todos los días. Lo ha hecho durante años, sin que nadie la calle, pero en el silencio anómalo de la ciudad de estos meses su impertinencia auditiva es mayor, subraya el abuso sobre sus oyentes cautivos.

Hay un momento en que la coartada comercial de esta llorona empieza a resultar inverosímil: ¿Cuánta chatarra puede haber en las calles de mi colonia como para que nunca se agote y la llorona encuentre siempre algo que recoger?

El chófer de una de las camionetas de la llorona le dijo una vez a una vecina que le pedía callarse: —Por 5 mil pesos.

Quizá ese es el negocio: cobrar por no hacer ruido. Si ese es el caso, al parecer no hay en mi colonia suficientes vecinos dispuestos a pagar esa extorsión. No los hay, de hecho, en toda la ciudad. Ni autoridades que la contengan.

Quizá las camionetas de La llorona de la chatarra esconden otro negocio. Quizá son el aviso para que vengan a abastecerse en ella, de ignotas mercancías, quienes necesitan esas mercancías.

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