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Como todo presidente ambicioso de la historia de México, como Cárdenas, como Alemán, como Echeverría, como Salinas, López Obrador no quiere sólo jugar el juego de gobernar, sino cambiarlo: crear un “nuevo orden”.

Esto en política quiere decir generar una nueva generación de intereses y lideratos en todos los ámbitos: nuevas leyes, nuevas clientelas sociales, nuevas generaciones de empresarios, de líderes obreros, de intelectuales, y, desde luego, una nueva clase política, una nueva alta burocracia, secretarios, legisladores, gobernadores, la famosa circulación de las élites que en México se practicaba a machetazos: entraban a saco los del nuevo gobierno y se iban por el caño los del anterior, sin miramiento alguno, salvo por la tolerancia a los caudales que pudieron levantar los que salían, si quisieron levantarlos, mientras tuvieron los puestos.

Me parece claro que todos estos elementos están presentes en el proyecto del gobierno actual. Hay en su horizonte presupuestal 24 millones de beneficiarios de nuevos programas sociales, un grupo de empresarios cercano que recibe trato preferencial, un panorama de cambio de las dirigencias sindicales, una pléyade de posibles nuevos gobernadores, la armazón de un nuevo partido hegemónico, una nueva baraja de órganos autónomos, cómodos para el gobierno, y un conjunto de nuevas leyes que fortalecen al Poder Ejecutivo al punto de poner en entredicho garantías constitucionales.

El diseño es ambicioso y claro, pero en cada una de sus fases, incluso en la de las leyes ya votadas, sujetas a distintas querellas legales, lo que tenemos en la realidad es un proyecto de cambios más que unos cambios en marcha.

Los nuevos empresarios no tienen nuevos espacios de inversión que cambien el juego, los nuevos lideratos sindicales no capturan aún los sindicatos claves, la nueva alta burocracia da muestras de ineptitud más que de eficacia, el nuevo partido hegemónico parece por momentos una asamblea estudiantil, los nuevos intelectuales dan en lo fundamental batallas periodísticas y de tuits más que de nuevas ideas.

Los actores que podrían sustentar el nuevo orden existen en el discurso del Presidente más que en la realidad.

Mi impresión es que el gobierno va perdiendo la batalla del profeta desarmado: los intereses del viejo orden siguen ahí, los del nuevo son sólo embriones, proyectos, promesas. Y el tiempo corre.

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