Pandemia por coronavirus (Cobertura especial)

¿Cuánto dura la luna de miel de Biden?

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Enrique CamposLa Gran Depresión

La alegría universal por la toma de posesión de Joe Biden como presidente de Estados Unidos tenía mucho más que ver con el hecho de echar a Donald Trump de la Casa Blanca, sobre todo después del episodio de la insurrección en El Capitolio, que con un festejo por el personaje que llegaba a ocupar el Salón Oval

La alegría universal por la toma de posesión de Joe Biden como presidente de Estados Unidos tenía mucho más que ver con el hecho de echar a Donald Trump de la Casa Blanca, sobre todo después del episodio de la insurrección en El Capitolio, que con un festejo por el personaje que llegaba a ocupar el Salón Oval.

Era la alegría por la erradicación del populismo, la paz que daba el regreso a la institucionalidad y el respiro de haber dejado sin poder a un sujeto tan rencoroso, divisor y peligroso como Trump. Pero el programa de gobierno del demócrata realmente llegaba a romper con muchos beneficios que el republicano había otorgado a sectores específicos, sobre todo del sector energético y eso cuesta.

Para Estados Unidos, tanto como para México, el sector energético es una piedra angular de la economía. Aquel país logró pasar de una dependencia total de hidrocarburos del exterior a ser uno de los principales exportadores netos de petróleo.

Antes de la pandemia el petróleo de esquisto era un negocio muy rentable, aunque ciertamente no muy ecológico, pero que pudo darle autonomía total a Estados Unidos lo cual era un asunto de seguridad nacional.

Y es justamente la agenda energética de Biden y de su vicepresidenta, Kamala Harris, la que puede adelantar el final de la luna de miel con los mercados, con los empresarios y con la opinión pública estadounidense.

Como la agenda ecológica de Biden está en el polo opuesto del pragmatismo de Trump de obtener beneficios a cualquier costo, incluso ambiental, pues entre las primeras acciones del demócrata fue cortar de un plumazo con esas políticas.

El regreso al Acuerdo de Paris sobre el cambio climático, se llevó los reflectores y los aplausos, pero la suspensión de los permisos de explotación petrolera en terrenos federales y la cancelación de la construcción del oleoducto Keystone XL fue lo que encendió las alertas económicas.

Con la cancelación de la construcción del oleoducto se perderán más de 10,000 empleos directos, pero, además, con ese decreto, Biden provocó un primer conflicto con Canadá. Con esa decisión, el Presidente de Estados Unidos afectó a la empresa canadiense TC Energy y su contrato de 8,000 millones de dólares para construir esa línea. Así que es posible imaginar cuál fue uno de los temas centrales de la reciente llamada de Biden con el primer ministro canadiense, Justin Trudeau.

Y del otro lado de su frontera, también hay un pleito energético. Sólo que ese no lo generó Biden, sino que lo patrocina el trato dispar que da el gobierno de Andrés Manuel López Obrador a las empresas energéticas estadounidenses.

Además, en abono a ese final anticipado del oropel que rodea al nuevo gobierno de Estados Unidos, hay que ver qué quiere decir Biden con aquello de “Buy American”, porque de entrada suena muy a Donald Trump.

No hay duda de que cambiaron las formas, lo que hay que ver es si en el fondo hay políticas conciliadoras o simplemente una manera amable de imponer.

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