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¿Cómo entender la terquedad de la inflación en México? Llevamos cuatro meses con el índice de precios al alza. En junio hemos llegado a 4.98 por ciento. Esto va en sentido contrario de las proyecciones de los expertos, de las metas del Banco de México y de las expectativas de la Secretaría de Hacienda, que contaba con un bajón de la inflación para ayudar a bajar las tasas de interés y así quitar presión a los costos del gigantesco servicio financiero de la deuda del gobierno. En 2024, son 1.2 billones de pesos, 14% del presupuesto del gobierno federal.

El comportamiento de la inflación en México nos coloca en una posición extraña, porque vamos en sentido contrario a lo que está pasando en el mundo: en la mayoría de países, la inflación general está bajando. Es el caso de Estados Unidos, China, los países de la Unión Europea y Chile, por ejemplo.

¿Qué tan grave es lo que está pasando? En junio del año pasado, la inflación era 5.1 por ciento. En febrero y marzo de 2024 tocamos mínimos de dos años con 4.4 por ciento. Desde entonces a la fecha, hubo un cambio de trayectoria. El incremento ha sido pequeño cada mes, pero no ha parado. Tenemos un alza de 0.58 puntos porcentuales respecto a marzo. Visto así, no parece gran cosa, salvo que tenemos un incremento de 19.73% en frutas y verduras respecto a junio del año pasado. En el rubro de productos agropecuarios, el aumento es de 10.36 por ciento.

La teoría económica ortodoxa dice que hay que ponerle más atención a la inflación subyacente, donde no están los precios de las frutas y las verduras, porque éstos tienen mucha volatilidad. Lo que está pasando ahora obliga a cuestionar si tiene sentido tratar a los precios de los productos del campo como algo que tiene menor importancia para la política monetaria que los precios de bienes y servicios más “estables”, esos que están en la canasta de donde sale el dato de la inflación subyacente.

Cuando suben mucho los precios de los alimentos, la inflación se convierte en un problema social. Es lógico, porque más o menos la mitad del gasto de una familia de clase baja se dedica a la compra de alimentos. Cuando decimos que es un problema social, queremos decir que el asunto afecta a millones de hogares y rebasa las fronteras del Banco de México (o de cualquier banco central). En México, las encuestas reflejan que en estos días la inflación es el problema económico que más preocupa.

¿Por qué suben los precios de las frutas y verduras… y de los alimentos? Financial Times (FT) publicó la semana pasada un gran trabajo sobre el tema. Explica cómo el cambio climático está incrementando los precios de algunos de los principales productos del campo. En el caso de Gran Bretaña, estiman que un tercio de los incrementos está relacionado con el cambio climático. En 2024, en el mundo, el trigo ha subido 17%; el azúcar, 9%, y la carne de cerdo, 21 por ciento. En su recuento, el FT deja fuera el precio del maíz que ha bajado, en parte gracias a cosechas extraordinariamente altas en Estados Unidos.

No hay una estimación de cuánto pesa el cambio climático en la inflación para el caso mexicano. Sabemos que la sequía, el cambio de los patrones de lluvias y las altas temperaturas están complicando la producción de granos y las actividades ganaderas. Así fue el año pasado. Así es este año y así será en los próximos años. Se reducen los rendimientos y se incrementan los costos de producción. Entender que las condiciones “extraordinarias” son parte de una nueva normalidad nos ayudará a afrontar los tiempos que vienen.

Tampoco hay un cálculo confiable de cuánto mueven la inflación de las frutas y verduras fenómenos “excepcionales” como la inseguridad y la violencia. El crimen organizado ha encontrado la manera de cobrar extorsión a los productores del campo en varias regiones del país y ese cobro se trasmite a los consumidores. Lo excepcional se volvió cotidiano.

Más allá de cambio climático y violencia, el elefante en el cuarto de la inflación es el gasto público. En este año electoral, tenemos un déficit de alrededor de 6% del PIB. El gasto del gobierno excede a los ingresos en cerca de 2 billones de pesos. En el presupuesto, hay decenas de miles de millones de pesos que están programados para ser transferencias de efectivo para una población que gastará ese dinero para comprar productos básicos. Qué bueno que sea así, pero genera inflación. El reto para el gobierno es reducir ese déficit sin afectar a los beneficiarios de los programas sociales. Para el Banco de México, el desafío es mitigar el impacto en los precios que genera el exceso de gasto público, sin quejarse de cómo el presupuesto de egresos le está complicando el trabajo. ¿Cómo llegar a la meta de 3% de inflación con este coctel de factores inflacionarios?