El presidente López Obrador dijo ayer:

“Nosotros vamos a llevar a cabo todo lo que nos corresponde y dejar de manifiesto que no hay ninguna violación al tratado, y aclarar que podemos tener relaciones comerciales, pero (que) nuestras políticas las definimos en México y tienen que ver con nuestra Constitución y con las leyes”.

El “tienen que ver…” denota que no asume su obligación de respetar y hacer respetar la Constitución y las leyes. Tan vago y riesgoso que en su literalidad cabe hasta la posibilidad de transgredir su palabra cuando asumió el cargo.

Defiende lo que interpreta como soberanía nacional y supone que su política energética no es violatoria del tratado comercial, pero tarde piache quiere corregir el disparate de haber usado a Chico Che para burlarse de los gobiernos de Estados Unidos y Canadá.

Consecuente con su investidura y sin asomo de sorna, explicó que las consultas requeridas son recursos acordados que ya en otras ocasiones han tenido sentido.

“Es un procedimiento que está establecido en el tratado. Es una consulta acerca de políticas que se presume contravienen en lo establecido. Hay un plazo para dar respuesta a esas consultas de un poco más de 70 días y luego, si no hay acuerdo, se va a paneles internacionales para que se dirima sobre el caso (y ver) quién tiene la razón. Es un proceso. Tenemos que hacer valer nuestra soberanía y el petróleo es nuestro, es de la nación y eso es lo que estamos haciendo y se va aclarar todo. México es un país independiente y, se malinterpreta esta postura…”.

Vaya diferencia con su penosa y deplorable reacción del día anterior, cuando se pitorreó con esta bufonada:

“Que nos van a llamar a cuentas para que expliquemos la política energética de nuestro país, que nos tiene muy preocupados”. Pidió a su disc jockey: “A ver si consigues a mi paisano Chico Che y ponemos esa Uy qué miedo…”, y en la pantalla de Palacio fue corrido el videoclip.

Atribuye el emplazamiento a “una inconformidad promovida por algunos empresarios, más que nada del país nuestro, más que de los estadunidenses o canadienses, sobre nuestra política energética (pero) no hay ningún problema (son) empresarios de aquíde México, y de esa intelectualidad orgánica conservadora contraria al interés nacional. Pero no hay en los empresarios estadunidenses ninguna inquietud…”.

Como diría Gil Gamés, “Todo es muy raro, caracho”: qué tan poderosa es la oligarquía mexicana que, según cree AMLO, es capaz de imponer sus mezquinos criterios a los gobiernos de Estados Unidos y Canadá, porque son éstos quienes requieren que el gobierno justifique lo que juzgan violaciones al T-MEC.

Por más que a sus devotos pueda gustarles un presidente dicharachero y rijoso que hace befa y mofa de imaginarios “adversarios” –entre éstos los gobiernos de España y Panamá, congresistas demócratas y republicanos estadunidenses o los diputados del Parlamento Europeo–, más vale que los gobiernos de EU y Canadá no se desquiten de la Chico Cheada