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Para un país acostumbrado al desenfreno verbal, a la explosividad del pirómano abrumador, durante cuatro años, el discurso de Joe Biden vino a ser algo tan refrescante como el viento helado en la explanada de Washington, en la suave agitación de los miles de banderas sembradas, como árboles simbólicos o americanos ausentes.

Pero si bien fue el discurso de un hombre comprometido con la concordia, también  fue la negativa al simplismo “naiv” o ingenuo. Biden sabe el enorme reto de administrar y agrupar a un país profundamente dividido y con la presencia pertinaz de un  agitador suelto por las calles, seguido por un tropel de búfalos.

Si bien la imagen de Donald Trump rumbo a la vida privada fue confortante a pesar de su actitud de perdonavidas en busca de una nueva oportunidad, la cual quizá nunca llegue por el bien de todos, es algo anhelado por medio mundo, también  es verdad la nostalgia revanchista de la otra mitad del mundo americano. Los antivalores de divisionismo, odio y racismo de esa parte de América, no se terminan con  la salida de Trump a Florida.

Setenta millones de seguidores son una enormidad. Juntos suman una población mayor a la de la España o la Gran Bretaña. Y quizá con esa realidad en mente, Biden dijo algo de suma importancia como preludio de sus afanes.

“…Sé que hablar de unidad puede sonar un poco ridículo hoy en día. Sé que las fuerzas que nos dividen son profundas y reales. Pero también sé que no son nuevas. Nuestra historia ha sido una lucha constante entre el ideal estadounidense de que todos hemos sido creados iguales, y la fea y dura realidad de que el racismo, el nativismo, el miedo y la demonización llevan mucho tiempo separándonos. La batalla es perenne y la victoria nunca está asegurada…”

Biden desplegó un discurso impactante por su sencillez. No es un orador fogoso, ni siquiera es un orador. Tiene la poca gracia de un notario o de un sacerdote en la misa dominical de las once. No conmueve por su elocuencia, ni por sus recursos escénicos, pero mueve a la reflexión, lo cual es quizá más difícil.

La única masa a la cual apela –a diferencia de Trump–, es a la masa encefálica.

Es un hombre reflexivo, con ideas y actitudes firmes. Además, en contraste con la altanería de su antecesor, se ofreció al servicio nacional con humildad, con sencillez y conciencia del riesgo:

“…Podemos vernos unos a otros no como adversarios, sino como vecinos. Podemos tratarnos unos a otros con dignidad y respeto. Podemos unir fuerzas, dejar de gritar y bajar la temperatura. Porque sin unidad no hay paz, solo amargura y furia; no hay progreso, solo ira agotadora. No hay nación, solo una situación de caos. Este es nuestro momento histórico de crisis y desafío. Y la unidad es el camino para avanzar. Y debemos enfrentarnos a este momento como los Estados Unidos de América…”

 La historia americana, excepto en tiempos de guerra o de grave emergencia, nunca ha sido una nación unida. “E pluribus unum” (de todos, uno) es  un lema incumplido pero una simbólica aspiración, un anhelo. Por eso vale esta idea de Biden: un realismo sin conformidad:

“…Estamos aquí, sólo unos días después de que una turbamulta descontrolada pensó que podía usar la violencia para silenciar la voluntad del pueblo, para frenar el funcionamiento de nuestra democracia, y para echarnos de este lugar sagrado. Eso no sucedió, y nunca sucederá. Ni hoy, ni mañana, ni nunca.

“…A todos aquellos que apoyaron nuestra campaña, me siento abrumado por la fe que nos depositaron. A los que no nos apoyaron, permítanme que les diga esto. Escuchen lo que tengo que decir a medida que avancemos. Conozcan mi persona y mi corazón.

“…Si siguen sin estar de acuerdo, que así sea. Eso es la democracia. Eso es Estados Unidos. El derecho a disentir pacíficamente dentro de las barreras protectoras de nuestra democracia es quizá la mayor fortaleza de nuestra nación. 

“Pero escúchenme con claridad: el desacuerdo no debe conducir a la desunión. Y les prometo esto: seré presidente de todos los estadounidenses. Lucharé con la misma fuerza por los que no me apoyaron, como por los que sí lo hicieron…”

Sin embargo, con las armas de la legalidad, Biden debe impedir un “maximato” trumpista. Los afanes ciegos de quien  ahora puede convertirse en un Santa Anna agazapado, deben ser frenados como el general Lázaro Cárdenas se deshizo de Calles.