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Cual si se tratara de un paseo en ferrocarril y no de la marcha, con carácter de escapada, de su gobierno, el Varón de Cuatro Ciénegas, don Venustiano Carranza, esperó a que pasaran las diez de la mañana del 7 de mayo de 1920 para ordenar que se pusiera en marcha el Tren Dorado. Esto exasperó a sus leales generales Murguía, Urquizo, Fontes, Olvera y Mariel, quienes sabían que ya las fuerzas de Pablo González merodeaban la Capital. Pero don Venustiano era así, cerrado como el Estadio Azteca en pandemia y calmado como un coito entre ancianos.

Empezaba mal el éxodo militar y político rumbo a Veracruz donde el yerno del presidente, el general Cándido Aguilar, jefe de la plaza, le eral fiel y protegería su administración. (Quién sabe si le fuera fiel a su esposa Virginia Carranza, pero a su suegro sí que lo era).

El convoy tuvo que detenerse, momentáneamente, en la Villa de Guadalupe para repeler un ataque de las tropas de González. La arremetida alcanzó los últimos convoyes. Se perdieron municiones, artillería, parte de la aviación y de la maquinaria militar, así como caballería y tropa. Los jefes militares adictos al Presidente disimulaban su desaliento y algunos se reprimían para no desbordarse en indignación. Sabedores de que sólo un milagro podría hacer de la peregrinación un triunfo.

A la mañana siguiente, la emigración hizo un alto en Apizaco, Tlaxcala, donde se le incorporó una sección de artillería y un regimiento de caballería. Más serio que una petición de mano de novia, más solemne que el funeral de un mafioso siciliano, el Presidente pasó revista a las tropas. Martín Luis Guzmán narró, “la presentación de armas, lo saludaban con sus marchas de honor, mientras, al paso de los caballos, le daban escolta un séquito de quince o veinte generales”.

Horas después, todavía en territorio tlaxcalteca, en San Marcos, el enemigo lanzó una ofensiva, aunque se le rechazó y, aparentemente, se le dispersó, el resultado fue desafortunado para los gobiernistas ya que sobrevino la deserción de un regimiento casi completo.

Don Venustiano, seguro estaba que los volverían a atacar. Si tal condición de agorero la hubiera mostrado en el tema de su sucesión, jamás hubiera elegido a Bonillas y se hubiera evitado la insensatez que estaba viviendo.

En efecto, como lo presintió el jefe, la caravana sufrió otro embate. Esta vez el golpe cayó sobre las fuerzas de caballería que iban a la retaguardia, compuestas por el escuadrón de Colegio Militar y el recién incorporado regimiento de Tlaxcala.

Se reagrupó el carrancismo y a la medianoche del 10 de mayo, la extensa fila de trenes salió de San Marcos rumbo a la Rinconada. Clareaba el día cuando Carranza se enteró que a menos de un kilómetro, tropas enemigas, al mando del general Luis Tomás Mireles, estaban al acecho. Con gran arrojo, el general gobiernista Francisco Munguía combatió con éxito contra Mireles. El prietito en el arroz, un regimiento de infantería carrancista, a las órdenes del coronel Ruiseco, defeccionó; en pleno combate se pasó íntegro al enemigo.

Las vías hacia Veracruz estaban dinamitadas. No había agua suficiente para el funcionamiento de las locomotoras. El jueves 13 aligeraron la columna y el viernes reanudaron la marcha a pie y a caballo, sin más acompañantes que las tropas y el gobierno, ni otra impedimenta que las municiones y el dinero.

“El Viejo que huía hacia lo desconocido era, a despecho de la derrota y de la humillación, el Presidente de la República”. Así termina el capítulo sobre “Aljibes” de la novela histórica El Rey Viejo, escrita por Fernando Benítez. “El Viejo” era Venustiano Carranza, presidente del constitucionalismo. Un año menor que Ruiz Cortines cuando éste ascendió a la presidencia. Con cinco años menos de los que tiene nuestro actual Mandatario: Andrés Manuel López Obrador. (Continuará)