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Dije ayer que las conferencias mañaneras de AMLO son la pieza más tóxica de la historia del discurso político mexicano.

La historia de ese discurso no es tóxica, es una historia de baja elocuencia, hecha no para enardecer a las multitudes, sino para tranquilizarlas, unirlas, mantenerlas lejos de la discordia.

Esto es particularmente cierto en el discurso presidencial, cuyas tradiciones retóricas han sido, históricamente, la institucionalidad, el equilibrio, el texto donde hay algo para todos y la celebración de la unidad y la grandeza del país.

Desde el fin de las rebeliones militares en el siglo XX, los políticos mexicanos, y sus presidentes, fueron por su mayor parte políticos de gabinete. Su habilidad fue la negociación tras bambalinas y la conducción sin estridencias, invocando siempre la unión de los mexicanos

Las mañaneras de López Obrador están en las antípodas de esa tradición. Son una batalla campal librada en público, todos los días, contra supuestos enemigos que obstruyen el paso de la nación, que atentan contra su unidad y su grandeza.

Es el discurso presidencial sobre un país dividido donde priva el conflicto sobre el acuerdo. Es la palabra de un presidente que se dice asediado por la vieja corrupción, los viejos privilegios, la vieja colusión de poder y dinero que él mismo bautizó como la “mafia del poder”.

Muchos empresarios que AMLO puso en su casilla de “mafia del poder”, están ahora cerca de su gobierno, recibiendo contratos y elogios por su sensibilidad social.

Pero las acechanzas de la “mafia del poder”, el vuelo de zopilotes de los “neoliberales” y los “conservadores”, siguen presentes en las mañaneras.

Las mañaneras dividen el país en dos entidades irreductibles, por lo mismo ficticias: la de quienes quieren la transformación y la de quienes la resisten. El presidente toma partido todos los días por la primera y estigmatiza a la segunda.

Las mañaneras han convertido la antigua palabra presidencial, dirigida a todos, en una palabra rijosa, que divide y acusa a la sociedad “mala” como opuesta a la sociedad “buena”, ambas inventadas por ese discurso.

La palabra presidencial pasó de unir a dividir, de convocar a polarizar.