La Calavera Garbancera

“La muerte, es democrática, ya que a fin de cuentas, güera, morena, rica o pobre, toda la gente acaba siendo calavera”. 

“Quien quiera gozar de veras / y divertirse un ratón, / venga con las calaveras / a gozar en el panteón”

 José Guadalupe Posada

Me he vestido con minucioso cuidado, estoy inspirada en el mural de Diego Rivera “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central” uno que adorno la pared del Restaurante Versalles en el Hotel del Prado desde 1947, y fue removido después  del terremoto de 1985, al sufrir graves daños y llevado al museo de Diego Rivera.

Ahí el artista se autoproclamó hijo de la Catrina y de José Guadalupe Posadas, incluyéndose en él como un niño.

Me pongo las  botas de agujetas  con tacón. Llevan la parte inferior de charol y tela negra subiendo por el tobillo, clásicas de la clase alta sociedad de principios del siglo XX. Me enfundo un elegante vestido de color amarillo con tintes de naranja haciendo alusión a las mariposas monarcas, coloco un gran sombrero adornado con flores y una estola de plumas. He maquillado con esmero mi cara de blanco, realzando las cavidades de los ojos de negro y me he dado vuelo haciendo dibujos en mis mejillas y frente. He puesto peculiar cuidado en el dibujo de mis manos, me ayuda ser ambidiestra para resaltar las falanges, falanquetas y falanguitas.

Después de un par de horas dedicadas a mi disfraz, me lanzo a las calles del centro,  tengo una cita que quedó pendiente desde el año pasado. El encierro de Covid no me permitió salir, le escribí una misiva explicando, pero esta no le llegó y lo dejé plantado. Como en el lugar donde ahora habita, no existe el tiempo, ni los enojos o cuentas pendientes, aceptó de nuevo salir conmigo, sin reparo.

Cruzando la calle de corregidora lo veo elegante, recargado en la pared. El sol comienza a despedirse y la noche comienza a abrazar las calles mojadas. Está fumando un cigarro que tira al piso y apaga con el zapato. Yo inhalo, ahora estoy consciente de lo que contamina una colilla, pero el viene de otro tiempo, así que no voy a desgastarlo con mi alharaca sobre el medio ambiente.

Me saluda moviendo el sombrero, me toma por el brazo, cuidando de dejarme del lado de los muros, quedando el del lado de la banqueta como todo un caballero. No se permite tutearme por más que le insisto y es que todavía a finales del siglo XIX y principios del XX, estaba de moda no tutearse. Mi elegante compañero no es otro que José Guadalupe Posada, con sus huesos revestidos en su traje de Catrin, este personaje elegante y bien vestido de la época. Hoy no solamente trae un sombrero portando con orgullo el nombre de “La Calavera Garbancera”; se ha puesto el calzado de charol y un traje a rayas con camisa llena de lejía, que lo hace ver lustruso y refinado.

El nombre brotó de su ingenio y hacía alusión  aquellas personas que tenían sangre indígena, pero que querían ser europeos renegando de su propia raza, herencia y cultura. Por lo que habían dejado de sembrar maíz y solo cultivaban garbanzo.

“¿Sabe? Me dice en tono pautado, casi secreto “La muerte no era más que un mecanismo biológico, inmanente al sujeto hasta que surgió una mente que la pensara”. Continua con una disertación profunda, sus huesos suenan con ruidos articulares, como crujidos y chasquidos; la carne, músculos y tendones que alguna vez los recubrieron ya no están y a su paso van creando la melodía de percusiones en notas musicales.

“Antes de volvernos humanos con la conciencia todavía difusa, no teníamos un pensamiento que nos hiciera ver nuestra finitud, al salir de ese estado natural, entramos en la trágica dimensión de ir definiendo quienes éramos. Esta fue una adaptación biológica, una pulsión crepuscular anidando en los limbos de nuestra  psique, el principio de una mirada hacia nuestra impermanencia, dando cabida a la expresión cultural”.

Oírlo para mi es un deleite y observo como mueve la cabeza de un lado a otro y de arriba abajo, signo de que está contemplando lo cambiado que está todo en apenas un poco más de cien años. Mientras, nos adentramos hacia el centro, ahí donde está la catedral.

Siguió hablándome, tenía urgencia de poder hacerlo con alguien, pues aunque baja cada noviembre a regocijarse con los miles de catrines y catrinas que ahora aparecen por todos lados, todavía está la memoria de cómo fue perseguido y atacado mientras vivió debido a sus ideas.

“Siempre enfatice mi temática haciendo crítica y denuncia de las atrocidades e injusticias cometidas por los regímenes políticos que se adueñaron del país. Y fue a través de hojas volantes multicolores, simples papeles capaces de ser arrastrados por el viento, que mi denuncia alcanzó la vida cotidiana y se propagó rápidamente.

En La Patria Ilustrada, En el Gil Blas Cómico, El Popular, Diablito Bromista y otras publicaciones desarrollé un tipo de gráfica con un carácter netamente cultural. Hice caricaturas que criticaban los abusos e incoherencias del régimen porfirista, cuestionando su moralidad y su culto por la modernidad. Así que dirigí toda mi obra a la élite inscrita dentro de la tradición de la gráfica liberal, nacionalista y progresista usando los corridos populares, historias criminales, cuentos y chismes que recorrian las calles en aquella epoca.  No se escapó ninguno; ni Emiliano Zapata.

Había en esa época un terror por el fin del siglo que abarcaba el fin del mundo, donde las creencias religiosas y la magia se fundían dando explicaciones  para  los desastres naturales”.

Me siento realmente anonadada, para mi su compañía es un deleite, quiero mostrarle la belleza de su obra dibujada a brochazos por la creatividad y sus alcances en las miles de expresiones que su personaje ha tomado. Quiero mostrarle con orgullo como ahora los Catrines y Catrinas son los actores principales en los altares de muertos, desbancando a muchos de los elementos que antes se ponían.

Estamos al final de Octubre y principios de Noviembre, dos de mis meses favoritos del año, el otoño con sus colores naranja y ocre, que me transportan a ese espacio donde la reflexión de lo vivido durante el año, me invita a estar más silenciosa. Le he traído fotos de mi altar de muerto donde tengo más de veinte de sus personajes disfrazados de profesor, mesero, torero, maestra de escuela, un pianista y su novia vestida de blanco y están mis piezas favoritas, el xoloescuincle, la pajarera y el organillero.

Mi altar evoca la muerte en su  continua y agridulce ironía, como si estuviera viva, un recuerdo siempre presente que se viste de pachanga, desde luego el pan de muerto, platillos de arroz, frijol y tacos de pollo son colocados con esmero. Un par de botellas con piquete y una veintena de velas moradas junto al copal para que el alma de los míos, esos que ya no están, puedan llegar a visitarme.

Me escucha atento pero de pronto me dice: “El pulque es la bebida de los dioses, vamos; en la esquina de Perú y Allende está la pulquería la antigua Roma, ahí tomaremos un poco del elixir tlaxcalteca de Nanacamilpa.” Y si la pulquería todavía está ahí con su entrada para mujeres del lado derecho”.

No me gusta el pulque, pero no puedo desairar a mi compañero.

“Me tocó ver la instalación del alumbrado público”. Me dijo mientras de un trago bebió su alipús, me percate como se escurría el liquido hacia el suelo, pero no dije nada por educación.

“Cuando llegó la luz, las parejas con sombrero y vestidos franceses, venían a pasear durante las primeras horas de la noche, mientras  se decía que el señor presidente se bañaba con leche para que su piel se hiciera más clara. Su clasismo y su rara manía de adoptar el estilo de vida europeo lo hizo adoptar las máximas del positivismo sociológico: orden y progreso.

Y mientras ponía grandes recursos al desarrollo de las artes y las ciencias en su conjunto, mostró una gran indiferencia  por las condiciones laborales del 90% de trabajadores del país.

Los pobres caminaban al lado de los palacios, recién inaugurados de la calle Juárez, con la cabeza baja. No sabían leer  y los pocos que lo hacian escogía con cuidado los periódicos en los que se informaba. Había los que estaban a favor de Díaz y leían un semanario llamado El Mundo Ilustrado, y estaban los que estaban en contra del régimen estos compraban el Monitor Republicano; una publicación retacada de artículos izquierdistas que fue prohibida en 1896”.

Al salir del lugar, un organillero toca melodías en la esquina y Posada mira hacia donde está “ Estos llegaron en 1894 de Berlín. Su sonido se puso de moda gracias a las numerosas ferias y circos que se organizaban en los teatros más emblemáticos de la ciudad”.

“Hoy quedan solo unos cuantos y pocos saben su procedencia” le dije.

Durante parte de la noche seguimos caminando, después de las 10 de la noche los comercios cierran así que le digo que ahora soy yo quien lo va a llevar a cenar en Bellas Artes.

Al sentarnos le dije “Después de oírte me quedo con un sabor amargo, siento que tu personaje aunque vivo en cada esquina, ha perdido su razón de existir convirtiéndose en un producto más de la mercadotecnia donde está estampado en camisetas, chamarras,   globos, tazas y libretas. Se ha cambiado la denuncia por dinero. En 100 años no ha cambiado mucho, ahora hemos quitado la mirada a Europa y la tenemos en los Estados Unidos. Vistiendonos como marca la moda de sus grandes marcas”.

De pronto soltó una risotada y al pegarle a la mesa, se le ha caído la mano; va por ella y la levanta divertido, se la ajusta de nuevo. “ Será que vistamos mis Catrines con pants y tenis entonces”.

Como a las 12:00 de la noche me pidio que me marchara. “No es propio que ud. Ande por las calles del centro a estas horas”.

Así que me despedí besando su calavera mientras me encaminaba hacia el parque de la Alameda.

Ayer en las  calles de la ciudad se llevó a cabo el desfile de muertos, el año pasado no tuvimos por la emergencia del COVID. Un desfile que tiene orígenes extraños, pues fue Sam Mendez el director del film de 007 Spectre de la saga del famoso James Bond, quien lo mostró en las primeras escenas de la película, con personajes enfundados de trajes mexicanos y Catrinas de todos tamaños de papel maché.  Así que desde 2015 contamos con este desfile que ahora se ha vuelto una tradición popular.

Este año vimos desfilar a cientos de catrinas, alebrijes y criaturas del Mictlán en un espectáculo colorido y hermoso. Vi a Posada caminar entre ellos, entre las calles que lo vieron morir en un humilde cuarto, donde conoció el frío, el hambre y  del lado de los que les faltaba, mientras la sociedad Porfirista se regocijaba tomando champagne y comiendo caviar.

Aunque Guadalupe no fue reconocido en su época, los muralistas como Diego Rivera y Clemente Orozco lo impulsaron a la gloria y esto paso  después de su muerte.

DZ