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Estamos ante una nueva ofensiva contra la dictadura de Nicolás Maduro, como se hizo evidente el fin de semana con el concierto organizado por Richard Branson y los enfrentamientos en las fronteras con Brasil y Colombia por el intento de introducir ayuda humanitaria.

Si bien la crisis humanitaria y la violencia no son algo nuevo en Venezuela, lo inédito es el creciente aislamiento del régimen de Maduro por el ascenso de la derecha en la región y por el reconocimiento de Estados Unidos y otros 50 países a Juan Guaidó como presidente encargado de Venezuela.

Este respaldo y lo sucedido el fin de semana significan un duro golpe a la de por sí cuestionada legitimidad de Maduro. Sin embargo, su futuro no depende de esa legitimidad sino de su control del aparato militar. Y ninguno de los países de la región tiene capacidad para trastocar ese poder.

Estados Unidos es quien puede inclinar la balanza por la vía de la amenaza militar, el estrangulamiento financiero e incluso ofreciendo garantías a los militares que deserten. La determinación del gobierno de Trump para sepultar al régimen de Maduro y dar vigencia a la proclama de “América para los americanos” es indudable.

Más allá de las acciones específicas contra Maduro, está la amenaza de activar, por el “indefendible” apoyo de Cuba a Venezuela, el título III de la ley Helms-Burton, lo que sería un golpe demoledor para la economía cubana.

Estados Unidos también puede influir en China, sobre todo ahora que se ha anunciado una reunión entre Trump y Xi Jinping. Desde la época de Chávez, China ha apoyado a Venezuela con préstamos e inversiones de miles de millones de dólares. Y, sin embargo, hoy nada importa más a China que normalizar su comercio con Estados Unidos y difícilmente dejará que Maduro se cruce en ese camino.

Aun si se mantiene el apoyo de países como Rusia y Turquía, el escenario que Trump está construyendo podría complicarle enormemente las cosas a Maduro y darle un vuelco al cálculo de los militares. Incluso el propio Maduro podría optar por una salida negociada si la situación se le continúa descomponiendo y quiere evitar un final como el de Noriega en Panamá o, peor aún, el de Gadafi en Libia.