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No es nuevo que, bajo la visión del presidente de Estados Unidos y su más cercano equipo de trabajo, todas las calamidades sean culpa de la prensa.

El propio Donald Trump dedica buena parte de su tiempo y un número importante de sus tuits a desprestigiar a los medios de comunicación que no le hacen el caldo gordo.

La prensa es la responsable ante los ojos de la administración republicana, hasta que la terca realidad se encarga de demostrar que son ciertas las advertencias.

Es ahora el secretario de Comercio de Estados Unidos, Wilbur Ross, el que señala a la prensa de mentir respecto al estado que guarda la economía de su país.

Al estilo de su jefe quiere encontrar en los medios de comunicación al chivo expiatorio de muchas de las malas decisiones que han tomado en La Casa Blanca.

Dice Ross que la prensa quiere espantar con el coco, boogeyman le llaman por allá, a los agentes económicos con especulaciones sobre la salud económica. Cuando a su parecer goza de cabal salud.

El argumento es que, si los medios hablan mal de la economía, pueden influir en un sentimiento de pesimismo que acabe por afectar su desempeño.

Los principales achaques que sufre la estabilidad económica estadounidense no vienen tanto de la prensa fifí estadounidense como de su propio presidente. La lista es larga, pero como muestra el botón de su declaración de ser el hombre-arancel que tiró los mercados hace dos días.

Ayer tuvieron un día pacífico las bolsas de valores porque para su suerte cerraron para rendir homenaje al fallecido expresidente George H. W. Bush.

Pero más allá de los análisis financieros que se difunden en los medios, hay indicadores duros que vale la pena considerar para calcular cuánto le puede durar el impulso a una economía que crece con cierta ayuda artificial de la baja en los impuestos.

No es un complot el hecho de que las curvas de rendimiento de los bonos se hayan invertido y que los rendimientos de los papeles a tres años se ubicaran por arriba de los de la deuda a cinco años.

Esto ocurre ante una expectativa de recesión, algo que puede sonar exagerado por ahora pero históricamente tiene un buen nivel de anticipo con la realidad.

El propio discurso de Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, sobre ser más precavidos con los aumentos de las tasas de interés, dejaría ver inquietudes sobre el crecimiento económico.

Por supuesto que más que tratar de silenciar a la prensa, Ross y el resto de los colaboradores de Donald Trump deberían tratar de contener a su propio presidente.

Muchas de las preocupaciones sobre el desempeño económico parecen salir más de las palabras presidenciales que de los indicadores económicos.

El impacto negativo del pleito comercial con China es negado por la administración de Trump, pero padecido por los mercados que entienden la dependencia comercial estadounidense de ese enorme exportador.

Al final, personajes del corte de Trump suelen tener una enorme injerencia en el desempeño de las economías. No sólo por sus acciones de gobierno como el plan fiscal, que pasó por el Congreso, sino por su enrome protagonismo y sus muestras de poder.

En México ocurre algo similar con la decisión de cancelar el aeropuerto, en Estados Unidos con la guerra comercial con China.

En las manos de Trump, en su cuenta de Twitter, está en buena medida el futuro de la economía. La prensa y sus críticas sólo son el chivo expiatorio.