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El hecho de que Morena haya llevado hasta la tribuna de la Cámara de Diputados una iniciativa para modificar la Ley General de Bienes Nacionales, para abrir la puerta a la ocurrencia de rifar el avión presidencial, nos habla de que esa chunga goza de cabal salud. Pero, sobre todo, nos indica la calidad de obedientes gestores legislativos de esos diputados y senadores, atentos a lo que ordene el presidente.

No queda duda de que obedecerán la nueva ocurrencia de eliminar los fines de semana largos por esa visión arcaica de no separar la festividad del asueto en las fechas cívicas. Ahora sólo las encuestas de popularidad pueden frenar ese despropósito.

Pero se han perdido más que puentes con esa visión del presidente Andrés Manuel López Obrador de añorar el pasado y con esa obediencia ciega e irreflexiva de su mayoría en el Congreso.

El mismo día en que el presidente lanzó su nueva ocurrencia de terminar con los fines de semana largos, recordó una de las decisiones más equivocadas que ha tomado desde el poder. Pero esta mención no mereció ningún meme o crítica social, porque esa decisión forma parte de uno de esos fetiches sociales arcaicos que no se ha podido erradicar del pensamiento colectivo.

Cuando al pueblo bueno le tocan sus días de descanso, sí hay una reacción generalizada de molestia. Pero cuando el tema es presumir que México se cierra en materia energética, a pesar de la falta de combustibles y con una empresa petrolera en quiebra, nadie brinca. Y los suyos aplauden.

Dijo López Obrador, en la conmemoración de la Constitución de 1917, que cuando su equipo se incorporó a las negociaciones del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) ellos eliminaron un capítulo que contemplaba, dijo, comprometer nuestro petróleo y los recursos energéticos de México en una especie de manejo conjunto de los países de América del Norte.

Presumió que todo el capítulo de integración energética, que sí lograron Estados Unidos y Canadá, quedó reducido a dos renglones donde se reafirma la soberanía del país y el dominio de los recursos naturales, en especial el petróleo.

México renunció a tener garantía energética en alianza con el mayor productor de petróleo del mundo, que es Estados Unidos, a tener inversiones garantizadas para tener combustibles suficientes para crecer, porque prevalece un pensamiento en una sola persona muy similar a lo que se creía antes de que empezara la Segunda Guerra Mundial.

La cancelación del aeropuerto de Texcoco es un error famoso de este gobierno, la cancelación de los fines de semana largos es un horror para los que ven canceladas sus vacaciones, pero la renuncia a la integración energética de América del Norte es una de las verdaderas pifias sexenales, que se pretende justificar en esa visión arcaica del nacionalismo y que, además, nadie entiende para dimensionarla como un hecho muy grave.

De cualquier forma, seguiremos importando energéticos de Estados Unidos, pero lo haremos en condiciones menos ventajosas que si este gobierno hubiera valorado con criterios sensatos lo que se incluía en el T-MEC sin embarrarlo con esa anquilosada visión dogmática del pasado.