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Regularmente, las clases medias son apáticas para la organización social en torno a causas comunes. Eso ha permitido que otro tipo de agrupaciones como las de ambulantes o taxistas se hayan convertido en verdaderos poderes fácticos capaces de manipular a los gobiernos de ciudades como la de México.

Pero las redes sociales han cambiado esa apatía por una participación que, aunque virtual, se vuelve efectiva al momento de materializar acciones específicas.

Los más activos en la manipulación social a través de la virtualidad de las redes son aquellos que de toda la vida han utilizado las técnicas de la propaganda goebbeliana con fines claramente facciosos.

Hay verdaderos expertos, genios en los partidos, en los medios, en consultoras privadas que son expertos en simplificar, contagiar, vulgarizar, exagerar, etcétera (#YaMeCansé, la Casa Blanca, el peligro para México y demás).

Pero ese uso de las nuevas tecnologías es tanto como sacar a personas con menores recursos y menos educación en camiones a un mitin por Paseo de la Reforma, sólo que se les intercambia una falsa sensación de tener una voz que se escucha a cambio de que les digan cuál es el mensaje que tienen que repetir.

Un movimiento social, clasemediero que hoy se perfila como un dolor de cabeza para la clase gobernante es uno que no es exclusivo de México, que también ha generado la organización de sectores habitualmente apáticos en torno a una exigencia común y estridente.

El fenómeno Uber es de entrada un traspaso de la virtualidad de las redes sociales a la practicidad de un viaje físico entre dos puntos específicos en una ciudad.

Es una revolución económica que alcanza al transporte particular, al turismo, a la vivienda, a muchas actividades humanas que hoy están interconectadas por el mundo virtual de Internet.

La globalidad de la red con esta clase de nuevas relaciones entre las personas es injerencista en las pequeñas burbujas de poder de países como México y se mete en los intereses inconfesables de los políticos que han transado su permanencia en el poder a cambio de prebendas absurdas como las que tienen los transportistas del Valle de México.

Tanto Miguel Ángel Mancera como Eruviel Ávila trastabillaron con el tema Uber. Porque hasta hoy nada había despertado a la adormilada clase media que nunca se queja de los microbuses, de los baches, del pésimo servicio del Metro, de las marchas y las calles bloqueadas con ambulantes. La dócil ciudadanía encontró en Uber, o en cualquier plataforma similar, una causa justa que decidió defender.

El gobierno de la ciudad de México se tropezó terriblemente con el tema, el responsable del transporte público anunció operativos anti-Uber que a las pocas horas desmintieron, dejando las cosas en la misma condición de parálisis y ambigüedad de siempre en el DF.

Y en el caso del gobernador del Estado de México, Ávila dejó ver un tinte hasta autoritario con aquello de simplemente decir que él no va a permitir una competencia desleal a los 100,000 taxistas de esa entidad.

Calificó el servicio, restringió las opciones y sobre cualquier decisión de libre asociación entre particulares simplemente dijo que él no lo iba a permitir. Punto.

Este capítulo de Uber es uno de los primeros de una revolución clasemediera que sí deja un antecedente de organización social y una oposición a los poderes fácticos que a través de la venta del voto controlan el poder, al tiempo que son controlados desde el poder.