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El triunfo de Donald Trump es una amenaza que durará, al menos, cuatro años. Con él llega una versión más tempestuosa de la incertidumbre económica y geopolítica que ya teníamos. Es él y su circunstancia. Llega en un momento en el que el proteccionismo está ganando terreno, acompañado de una agenda que es nacionalista y cargada de xenofobia. Por él votaron 76.9 millones de personas, muchos de los cuales exigirán que Trump cumpla sus promesas/amenazas en temas migratorios, de control de las fronteras y que ejecute un estilo de liderazgo carismático, no exento de rasgos autoritarios.

En la ejecución de sus políticas, estará apoyado por ideólogos del proteccionismo como Peter Navarro; declarados antibolivarianos, como Marco Rubio y rudos antiinmigrantes encabezados por el zar de la frontera, Tom Homan. Como embajadora en México, se menciona a Kari Lake, un personaje de línea dura que tendría un comportamiento muy diferente al complaciente Ken Salazar.

Trump está avisando que lo económico-comercial estará mezclado con otros temas. Aranceles, deportaciones masivas e invasiones suaves están en la mesa. Hay quienes prefieren creer que son un bluff para dormir en paz. Allá ellos.

Revolver los temas económicos con seguridad y migración es un cambio de paradigma que acaba con uno de los mayores éxitos de la diplomacia mexicana de los últimos años. Como país, habíamos logrado construir una supercarretera para tratar los temas económicos. Los asuntos más espinosos no entorpecían esta carretera. Se resolvían en caminos paralelos, que no atoraban la agenda comercial binacional.

Donald Trump llega con una narrativa que amenaza el T-MEC, el activo más valioso que tiene la economía mexicana. La actividad de comercio exterior equivale a 74% del PIB nacional y está relacionado con uno de cada cuatro empleos. Cuando Trump pone en la mesa la posibilidad de imponer aranceles de 25%, nos coloca en una posición complicada. Hay algo de bluff, por supuesto. Es parte de una estrategia de negociación que quiere obligar a México y Canadá a resolver otros temas. Hay, también, algo que es veneno para el bloque norteamericano: la imposición de aranceles rompería con las reglas del T-MEC. “Se está dando un tiro en el pie”, dice Marcelo Ebrard. Es cierto, pero en ese trágico suceso hipotético nos pegaría un balazo en el corazón. Fue un crimen pasional, dirá la nota roja.

No hay lógica económica, sería muy costoso para los consumidores y empresas estadounidenses y dañaría la competitividad del bloque norteamericano, pero estaría cumpliendo con lo que dijo en campaña que iba a hacer. Tiene rentabilidad política y, sobre todo, tiene una narrativa muy poderosa que conecta con las audiencias del 2024. Me extraña que la estrategia de Trump les extrañe a algunos miembros destacados de la 4T. Eso hizo AMLO, una y otra vez. Lo económico se subordinó a lo político. Empezó con la cancelación del aeropuerto y cerró con las reformas constitucionales del Plan C. Fueron decisiones muy costosas en lo económico. Muy rentables en lo político.

Trump es una amenaza, pero también puede servir de pretexto. El invierno económico está aquí y se puede explicar de muchas maneras sin incluir a Trump en el relato. El nearshoring no ha significado la catarata de inversiones que se esperaba. La generación de empleo formal se cayó en 2024. La economía crecerá menos de 1.5% en un año en que las finanzas públicas tendrán un déficit mayor al 5% del PIB. El rescate de Pemex es un mito genial que amenaza la calificación de la deuda de México. La deuda con proveedores de Pemex es una bomba que implica más de 400,000 millones de pesos y está causando estragos en los estados petroleros. Esta es la herencia de AMLO. Trump traerá otros problemas y quizás agrave algunos de estos que acabo de mencionar, pero no hay que confundirnos: esos ya estaban aquí. Cuidado con usar a Trump como pretexto. Tenemos una crisis económica a la vuelta de la esquina. Quizás el próximo gobierno de Estados Unidos la amplifique, pero no la produjo. Is Made in Mexico.

El próximo presidente de Estados Unidos es una amenaza, pero podría convertirse en una oportunidad. Qué tal si para evitarnos más de una bronca con él, ponemos orden en nuestra frontera sur, tapamos los “agujeros” que hay en nuestras aduanas y acabamos con la entrada de contrabando proveniente de China. Ya entrados en gastos, por qué no hacemos las tareas pendientes para el nearshoring: energía, infraestructura, seguridad, Estado de derecho…