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Conforme se acerca el “Día de la Liberación”, el eufemismo que eligió Donald Trump para imponer aranceles a diestra y siniestra, los aliados tradicionales de Estados Unidos son los que mayor castigo financiero reciben, porque son los que mayor sanción comercial esperan.

Donald Trump se ha convertido en una fuente de peligro conforme más cerca se está de él. Los aliados habituales son hoy los que más padecen, mientras que los adversarios históricos son los que por ahora obtienen más ganancias.

El Presidente de Estados Unidos tiene los efectos de la radiación ultravioleta, o de la envidia, mientras más cercanía mayor es el daño. Y en estos días ser una nación vecina, europea o ser Japón, tiene consecuencias devastadoras, por ahora, para sus mercados.

Pero si es China, la cosa cambia, ese gigante que ha adquirido movilidad económica propia se expande y abre los brazos a todos los eventuales expulsados del paraíso comercial estadounidense.

Como ejemplo, los mercados bursátiles aliados de Estados Unidos tuvieron un lunes negro. El índice Nikkei de la bolsa de valores de Japón tuvo una caída ayer de 4.05%, los mercados europeos tuvieron pérdidas, todos, más allá de sus datos y noticias locales, derrumbados por lo que habrá de suceder mañana con el anuncio de los aranceles universales de Donald Trump.

China, mientras tanto, tuvo efectos en los mercados bursátiles por la ola de ventas de ayer, pero mínimos en comparación global. Porque, al mismo tiempo, la actividad manufacturera mostró una acelerada expansión durante marzo pasado, a pesar de tener que pagar ya 20% de aranceles en sus exportaciones a Estados Unidos.

Ante la amenaza de guerra comercial, ese país ha optado por los estímulos fiscales en cantidades colosales que mantienen ese mercado en expansión y con ello compensan la caída en las exportaciones que ciertamente sí han tenido.

A diferencia de los socios comerciales cercanos a Estados Unidos, China ha tenido tiempo para prepararse para una eventual guerra comercial con la economía más grande del mundo.

Y no sólo como aprendizaje tras el primer periodo de Trump, sino como modelo de nación que puede imponer sin oposición un modelo de privilegio del mercado interno. Sobre todo, ahora que ya aprendieron del mundo muchos secretos tecnológicos.

Con ese flujo de subsidios públicos a los sectores productivos chinos, aumenta la ventaja sobre esos otros mercados tradicionalmente aliados de Estados Unidos que tendrán que pagar aranceles y mantenerse competitivos.

China logra otro efecto en determinados mercados, por ejemplo, el europeo. El país asiático logra una respetabilidad por su apertura comercial a diferencia del castigo que reciben las importaciones estadounidenses.

No es lo mismo cualquier auto chino vendido en la Unión Europea que un vehículo eléctrico de la marca Tesla que tiene que cargar con el desprestigio de Elon Musk.

El mundo, pues, está atento a lo que mañana tenga que anunciar Donald Trump en este rompimiento del orden mundial.

Pero está claro que las mayores presiones, las peores repercusiones, las esperan hoy los más cercanos y leales socios de Estados Unidos, mientras que aquellos que históricamente han tomado distancia de Washington hoy están paradójicamente más preparados para lo que inicia mañana.