Minuto a Minuto

Deportes La FIFA recibe más de 500 millones de solicitudes de entradas para el Mundial
El próximo 5 de febrero los más de 500 millones de usuarios sabrán si sus solicitudes de entradas para el Mundial han sido aceptadas
Nacional Economía lanza campaña para impulsar consumo nacional rumbo al Mundial de Fútbol 2026
La SE y el CCE presentaron la campaña ‘Lo Hecho en México está mejor Hecho' que busca fomentar el consumo de productos nacionales, de cara al Mundial
Nacional La mexicana Valeria Palacios gana la Medalla Mundial de Educación 2025
La estudiante Valeria Palacios desarrolló drones capaces de eliminar residuos del agua, resembrar hábitats deforestados y apoyar en labores de rescate
Nacional Papa León XIV manifiesta su deseo de visitar México
El papa León XIV se reunió con el cardenal Carlos Aguiar Retes, a quien externó su deseo de visitar México
Nacional BMA e instituciones piden que Reforma Electoral cumpla estándares internacionales
Un reporte advierte preocupaciones sobre que la Reforma Electoral pueda socavar la integridad de las elecciones y la democracia en México

Releo El águila y la serpiente, el libro de Martín Luis Guzman sobre los años que empiezan con el golpe de Estado de Victoriano Huerta, en febrero de 1913, y terminan en 1915, cuando Guzmán sale de México, huyendo de Francisco Villa.

Guzmán ve en la figura del Primer Jefe de la Revolución Mexicana, Venustiano Carranza, todos los vicios que pueden arruinar la revolución: el personalismo sin ideas, la intriga sin sentido, la política pura y dura, la corrupción endémica.

Le concede a Carranza una única virtud: no mata, no manda matar, como parte de su ambición política. Pero ve en la figura del jefe constitucionalista algo así como la encarnación platónica de la corrupción.

El pasaje en que Guzmán eleva la corrupción carrancista a esas alturas es memorable.

Como a veces hacen los sueños, su lectura dejó en mi ánimo la impresión de algo que cruzaba de la noche al día, con una palpitación de actualidad.

Escribe Guzmán:

“La esencia del fenómeno carrancista ha de buscarse, antes que en cualquier otra cosa, en una voluntaria confusión entre lo propio y lo ajeno: confusión no para dar, sino para tomar.

“Es muy significativo que el instinto popular, tan propenso —a la inversa de lo que se cree— a equivocarse, tan dispuesto siempre a inventar heroísmos y grandezas en hombres de barro y a suponer infamias y crímenes que no existen, haya acertado de plano desde el origen.

“De Carranza, la voz del pueblo hizo carrancear, y a carrancear y robar los convirtió en sinónimos. En el carrancismo, a no dudarlo, obraba el imperativo profundo del robo, pero del robo universal y trascendente, del robo que era, por una parte, medio rápido e impune de apropiarse las cosas,  y, además, arma para herir en lo más hondo a los enemigos.

“El carrancismo fue un intento de exterminio de los contrarios impulsado por resortes cleptomaníacos”.

Cité mal en una conversación este último párrafo. Dije: “El carrancismo fue un intento de hacerse del poder absoluto por resortes cleptomaníaco”. El párrafo tuvo de pronto una palpitante actualidad. Como del sueño a la vigilia, su eco  cruzó del ayer al hoy: del carrancismo al morenismo.