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Diría la rana René: “A veces creo que la Secretaría de Hacienda puede verdaderamente hacer una revolución muy positiva para empezar a gastar bien el presupuesto federal educativo, pero luego veo a los maestros de Oaxaca y se me pasa”.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) mide la calidad educativa de sus agremiados, y sobre México hay muchos números aterradores de cómo se desperdicia el dinero que tendría que servir para educar a los mexicanos.

Pero una consideración reciente de esa organización deja en claro dónde estamos parados en materia educativa. Expone la OCDE que un niño chino de Shanghai, que vive en condiciones paupérrimas, recibe mejor educación que un niño rico de México.

No es una comparación de un alumno finlandés con un pequeño de la sierra de Guerrero, es una diferenciación entre dos países emergentes, entre dos alumnos con situación económica diferente, pero con una clara ventaja para los chinos, que entendieron que al pequeño shangaiano lo van a sacar de la pobreza educándolo.

Cuando se ve en el papel la reforma educativa aparece como algo impecable, las leyes recientemente modificadas deberían alcanzar para hacer un cambio a la vuelta de una generación. Pero la aplicación está secuestrada por políticos, sindicatos y grupos de poder.

Ha sido imposible aplicar una modificación tan simple, como aquella de pagar solamente a los maestros que trabajen.

Es verdad que muchas entidades del país tienen un funcionamiento más armónico entre la autoridad y los maestros, pero son suficientes los focos rojos, como Oaxaca, Michoacán o Guerrero, como para ser una amenaza social.

La ingobernabilidad de Oaxaca es una muestra de la impunidad que priva con respecto al secuestro de la educación pública en México, y de ahí para abajo hasta llegar a eso, a la realidad de que un niño rico mexicano tiene peor educación que un niño pobre chino.

Desde la Secretaría de Educación Pública se justifican con que hay sólo dos o tres entidades con problemas, pero ahí están los niños chinos contra los mexicanos como evidencia.

Cuando la Secretaría de Hacienda asume una posición tan acertada, como revisar 899 programas de gobierno para ver si funcionan y si merecen más recursos, de inmediato salen personajes como el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) a decir: a mí ni me veas.

Como si la UNAM no mereciera una revisión de la efectividad de su educación y no simplemente verla como una válvula social que no está obligada a la excelencia. Ese halo de intocabilidad tiene que terminar.

Organizaciones como Mexicanos Primero se cansan de dar evidencias de cómo nos roban tantos sindicatos y supuestos maestros, pero no pasa absolutamente nada. La impunidad, el despilfarro y sobre todo la afectación humana continúan.

La última opción que le parece quedar a la adecuada aplicación de la reforma educativa es el dinero. La base cero que aplicará el gobierno federal debe tocar esos poderosos intereses gansteriles de los sindicatos magisteriales que tienen secuestrados a millones de niños, condenados a la mediocridad educativa.