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A unas horas de que las autoridades de la Secretaría de Salud Federal dieran cuenta de la cifra más alta de fallecimientos en un solo día por Covid-19, con 501 decesos, el presidente Andrés Manuel López Obrador se emocionaba porque, para él, en tres días acaba la sana distancia y puede reanudar sus giras.

Es más, ya sabe cómo se va a cuidar él en los aviones si lo obligan a usar tapabocas y tiene muy claro dónde reinicia esas travesías de contacto con sus seguidores que tantos dividendos políticos le han dado en su carrera.

Hoy, Andrés Manuel López Obrador debería dar el mensaje contrario: estamos en la fase más alta de contagios y de muertes por Covid-19, por lo tanto, consciente de sus altos niveles de popularidad y credibilidad entre sectores muy específicos de la sociedad, debería ser el primero en decir “me quedo en Palacio”.

Lo que va a ocurrir a la par de su primera gira por Cancún es que mucha gente abandonará el confinamiento porque AMLO ya lo hizo. Eso es igual a más enfermos y más muerte.

Esta disociación presidencial puede tener resultados visibles en el corto plazo, cuando aumente el número de casos de contagiados con SARS-CoV-2. Pero en la economía, ese divorcio de la realidad tardará más tiempo en quedar visible y se habrá perdido la oportunidad de atenuar la crisis en la que estamos.

Debemos estar, de hecho, en la parte más grave de la depresión económica. Por estos días de finales de mayo, cuando se han acumulado más de dos meses de parálisis y en la antesala de la reactivación de algunas actividades económicas, debemos estar padeciendo las peores caídas, incluida la del empleo.

Hoy es cuando deberían estar funcionando a tope esos programas gubernamentales de respaldo a los trabajadores y a las empresas de menor tamaño para evitar su mortandad.

Cuando todo esto quede reflejado en los números de las mediciones económicas, confiemos en que ya habrá pasado la peor parte. Será entonces momento de negar la realidad de los números con ese otro invento del Índice del Bienestar del Alma (podrían ponerle el IBA), que sirva para seguir con la terapia de convencimiento de la feligresía que le quede.

Entre los desempleados no hay una depuración entre creyentes o no de las políticas del presidente. Hay, sí, millones de personas que reciben una beca asistencialista, pero eso ni alcanza, ni es un trabajo remunerado que complemente otros aspectos de la integridad y la dignidad humanas que van más allá de lo importante que es tener un ingreso.

Con la misma emoción con la que el presidente cree que el martes es buen día para reiniciar sus giras políticas, con ese convencimiento disociado habla de un programa de creación de 2 millones de empleos.

El problema es que más allá de los pocos empleos, de mala calidad, que se lleguen a crear con sus obras faraónicas, todo el resto de esas plazas laborales son imaginarias. Porque ni las becas, ni los créditos hipotecarios son empleos. La disociación es grave.