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Moody’s le propinó una nueva rebaja a Petrobras en la calificación de su deuda. Con este movimiento, la mayor empresa brasileña pierde el grado de inversión y todo lo que éste implica: los fondos de pensiones y los inversionistas institucionales deben vender los títulos de deuda que tengan de la empresa.

Esta desgracia corporativa, como todas, no viene sola. Las acciones de Petrobras han caído 70 por ciento en los últimos 12 meses, en buena medida reflejando la pérdida de prestigio de la compañía. Ahora se habla mucho de su escándalo de corrupción. Han pasado a segundo plano sus éxitos en aguas profundas y del espectacular ascenso en el ranking de las petroleras mundiales.

No han pasado ni siquiera cinco años desde que Petrobras hizo la mayor colocación accionaria de la historia. Fueron 67 mil millones de dólares. “No fue en Frankfurt, Londres ni Nueva York, sino en São Paulo”, decía eufórico Lula da Silva, el carismático presidente brasileño. El éxito de la emisión era la proyección del éxito de Brasil y su modelo económico. El gobierno brasileño optó por mantener 51 por ciento de las acciones de la empresa y colocar el resto en los mercados. Eso no era un obstáculo para conseguir inversionistas y aliados. Los analistas consideraban a Petrobras como la empresa estatal mejor gestionada de América.

En México se vivió con fuerza esa fascinación por Petrobras. La empresa brasileña fue un referente explícito en la reforma que intentó el gobierno de Felipe Calderón en el 2008. Decenas de funcionarios y políticos mexicanos viajaron a Río para entender el fenómeno Petrobras. Ellos habían logrado muchas de las cosas que nosotros deseábamos: una empresa petrolera exitosa que sirviera como palanca al desarrollo nacional en pleno siglo XXI.

Fast forward al 2015. Ahora vemos desde lejos al gigante caído en desgracia. No queremos que Pemex se parezca a él. Tampoco estamos en la mejor actitud para aprender las lecciones que se derivan de los descalabros de su historia reciente. ¿Por qué asomarnos al abismo, si estamos tan cómodos en la orilla?

Más vale pensarlo dos veces. Hay mucho que aprender de la crisis de Petrobras. Para empezar, se trata de una empresa gubernamental donde se puso en acción un esquema gigantesco de corrupción, donde participaron proveedores locales, empresas multinacionales, funcionarios de la petrolera, dirigentes de partidos políticos y altos mandos del gobierno. La investigación no ha terminado. Las pesquisas se enfocan en contratos otorgados por valor de 22 mil millones de dólares.

Mirar a Petrobras ahora es imprescindible. Es claro que esto implica algo muy diferente a lo que era hace ocho años. El reto es entender cómo funcionó el esquema de corrupción y cómo está operando la estrategia de persecución, desmantelamiento y erradicación. Hay peces gordos detenidos y participación creciente de la Justicia de Estados Unidos.

Hay muchas razones para seguir atentamente el escándalo de Petrobras. La mancha alcanza a empresas multinacionales que operan en México y también a algunas que aspiran a entrar ante las nuevas oportunidades que ofrece el sector energético y los proyectos de infraestructura.

Hay mucho que ver y aprender del escándalo de Petrobras. Las malas mañas también se difunden con la globalización. No somos mejores que Brasil, pero tampoco somos peores. ¿Quién se atreve a decir que lo que ocurrió allá no puede ocurrir acá?