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Las 740 hectáreas del aeropuerto no son el Ground Zero de las Torres Gemelas de Nueva York, pero ameritan un concurso de talentos para encontrar el mejor uso posible.

Son 740 hectáreas. Tienen un valor inmobiliario enorme, sólo comparable, quizá, a su valor simbólico y estratégico. Puede convertirse en un enorme jardín y ayudar a reconvertir una zona urbana donde vive más de un millón de personas, si se sigue al pie de la letra lo dispuesto en el hermoso proyecto para el nuevo aeropuerto, presentado por Norman Foster y Fernando Romero.

Puede ser muchas cosas más, porque no se ha definido el destino de este inmueble. Lo más probable es que no sea un jardín, mejor dicho, que las áreas verdes sean un elemento más dentro de un proyecto más complejo. “El gobierno federal buscará que en los terrenos que ocupa el actual aeropuerto se detone actividad económica en beneficio de los pobladores de la zona, que se construyan espacios urbanos públicos y servicios”.

En un enunciado tan genérico como el anterior cabe casi cualquier cosa: industria no contaminante, vivienda, locales comerciales, centro cultural o parque de diversiones. Se sobreentiende que la solución tendrá una gran calidad, pero más vale no darlo por sobreentendido. Nadie se imaginaba que el monumento de conmemoración al bicentenario terminaría pareciendo una galleta incomible, incrustada en el asfalto. Hay formas de detonar la actividad económica que afean una zona… ¿quién dará el primer paso para definir?

El Gobierno del Distrito Federal tiene una enorme oportunidad aquí, entre otras cosas porque tiene un claro sentido de urgencia. A ninguno de los actores involucrados le importa tanto como al GDF el destino de los terrenos. Los funcionarios del gobierno federal estarán infinitamente más preocupados por resolver los detalles del nuevo aeropuerto y con razón. Hay una infinidad de cosas por resolver, además ¿quién se preocupa por lo que ocurrirá con la casa que desocupa?

Las 740 hectáreas del aeropuerto no son el Ground Zero de las Torres Gemelas de Nueva York, pero ameritan un concurso de talentos para encontrar el mejor uso posible. Lo que pase con los terrenos del viejo aeropuerto emitirá un mensaje complementario al del nuevo aeropuerto. Sería incongruente tirar la casa por la ventana para construir uno de los tres mayores aeropuertos del mundo y tener a menos de diez kilómetros una zona mal resuelta. Sería incongruente, pero no imposible. México está lleno de incongruencias.

No hay en el mundo una ciudad con las dimensiones y la historia del Distrito Federal que tenga la oportunidad de utilizar un lienzo de 740 hectáreas para proyectar un pedazo de su futuro. La primera responsabilidad es del gobierno que encabeza Miguel Ángel Mancera, pero no se agota en él y su equipo, aunque tengan el privilegio de otorgar los permisos de uso de suelo y licencias sobre lo que se construya. El gobierno federal es el propietario de los terrenos, a través de Aeropuertos y Servicios Auxiliares. Está por definirse el papel que tendrán la iniciativa privada y otros actores, por ejemplo vecinos, universidades y patronatos sin fines de lucro.

“Por qué ser como somos, si ayudamos más fingiendo”, escribe Juan Villoro en uno de sus deliciosos textos. Lo mejor que puede pasar al predio es que cada uno de los actores que definirá su destino haga el mejor papel de su vida. No tienen que ser coherentes con otras facetas de su vida. Necesitan actuar como si quisieran un Oscar.