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La mala calidad del diésel que se comercializa en México obliga a que los camiones utilicen tecnología que ya fue rebasada en otras regiones.

Nos preocupa la calidad de la gasolina que llevan nuestros autos. Deberíamos revisar lo que pasa con el diésel. Aquí el problema es más grave: este combustible mueve a la mayoría del transporte público y el transporte de carga en México. El diésel que se vende en México es de pésima calidad y la NOM emergente permite que siga siendo así hasta el 1 de julio del 2018.

Pésimo es un adjetivo muy fuerte, pero no hay otra forma de definir al diésel que abastece Pemex. Tiene 350 partículas de azufre por millón. En Europa, la norma Euro VI requiere un contenido máximo de 15 partes por millón, algo similar a la EPA-2010 de Estados Unidos. Es tan malo el diésel que se comercializa en nuestro país que las flotillas no pueden aprovechar los avances tecnológicos que se han producido en los motores diésel en los últimos 12 años. En Europa y en EU se ha vivido una revolución desde el 2005, aproximadamente. Los nuevos motores diésel tienen poco que ver con los desarrollados antes. Son mucho más eficientes y contaminan menos.

Un combustible pésimo genera un círculo vicioso que tiene consecuencias económicas y medioambientales. En México, más de 80% de la carga se mueve en transporte terrestre que utiliza diésel. En transporte público de personas, son dos tercios de la población de las principales ciudades las que se mueven en camiones o autobuses que utilizan diésel. El uso de combustible de alto contenido de azufre incrementa la contaminación del aire. Para las personas que están expuestas directamente a las emisiones, significa riesgos importantes a la salud en el sistema respiratorio, además de problemas cardiacos.

La mala calidad del diésel que se comercializa en México no permite el uso de motores de última generación. Obliga a que los camiones utilicen tecnología que ya fue rebasada en otras regiones. Los vehículos a diésel que se venden en México podrán ser último modelo, pero no tienen motores equivalentes a los modelos 2016 que se venden en Alemania o Estados Unidos. Su desempeño es parecido al de los camiones que se producían antes de la revolución diésel. Si a un motor de última generación se le alimentara con diésel azufrado con 350 partículas por millón, se echaría a perder.

La situación es absurda. Tanto que obliga a preguntarse sobre la forma en que se han diseñado y ejecutado los programas de renovación de flotillas. Por qué empeñarse en impulsar la compra de vehículos nuevos, si éstos tienen alma vieja: tecnología que fue dejada atrás hace más de una década.

¿Cómo romper el círculo? No todo ha sido responsabilidad de Pemex y el gobierno. La industria del transporte ha jugado con maña. En vez de empujar por acelerar los cambios, con frecuencia pide y consigue demorar la aplicación de estándares internacionales. Los transportistas y los fabricantes de vehículos de carga han aprendido a moverse en un escenario donde los tuertos son reyes, en materia tecnológica.

Diésel-gasolina: son dos caras de la moneda. La calidad de los combustibles nunca fue una prioridad en la historia de Pemex. Décadas de negligencia deben corregirse en meses. La circunstancia es muy complicada porque la crisis ambiental deberá enfrentarse en un contexto de precariedad financiera. Escenario complicadísmo. Para qué enredarlo con sofismas y maquillaje en las cifras.