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Como una bomba cayó la entrada en vigor de los aranceles al acero y aluminio. En primer lugar porque afecta directamente a una industria que en México emplea a 47 mil personas. La Canacero cuantifica los daños que esta medida le causa en 2 mil millones de dólares, a esto habrá que sumar otros 2 mil millones en afectaciones más relacionadas con otras industrias, como autopartes. La herida no quedará ahí: los aranceles son una puñalada a las negociaciones del TLCAN y afectan el comercio global, equivalen a una declaración de guerra.

Esperábamos que todo fuera un bluff, confiábamos en que en el momento definitivo aparecería el Trump pragmático. No fue así. Quedó claro que seguimos sin comprender al presidente de EU. México entra en esta guerra, en buena medida, porque fracasaron las gestiones de diplomacia comercial. Hasta hace un par de semanas, había confianza en que México no estaría en la lista final de los castigados por los aranceles. Había fe en que las negociaciones del TLCAN tendrían un desenlace exitoso. Queda claro que no es así.

Donald Trump está dispuesto a iniciar una guerra comercial porque cree que Estados Unidos puede ganarla, pero también porque en su visión del mundo predomina la concepción de que EE.UU. puede funcionar como una isla. No cree en los pronósticos que auguran una recesión mundial, en caso de guerra comercial. Es significativo que el secretario de Comercio, Wilbur Ross, se refiriera a las posibles represalias de los países afectados por los aranceles y dijera: “es menos del 1 por ciento del PIB de Estados Unidos”, sólo le falta decir: “We are too big to ask for your opinion”.

La Secretaría de Economía decretó aranceles a varios productos de Estados Unidos, entre ellos láminas de acero, uvas, manzanas, arándanos, carne de cerdo y quesos del tipo que sirve para preparar pizzas. De parte de Europa, habrá aranceles para productos alimenticios, pantalones Levi’s y motocicletas Harley Davidson. Canadá enfoca su revancha en veleros, whisky, maderas y herbicidas.

El mayor perjudicado será el consumidor estadounidense, vaticina Ildefonso Guajardo, porque deberá pagar más por los automóviles. El acero y el aluminio son componentes muy importantes en los costos de los vehículos. El secretario de Economía tiene razón, a medias. Los consumidores de todos los países resultarán perjudicados. Los mexicanos deberemos pagar más por cada uno de los productos que vienen de Estados Unidos y que fueron “sancionados”. La razón es simple: los aranceles son un impuesto que pagan los consumidores en forma de un precio adicional.

Las sanciones de Economía están diseñadas para afectar a productores de Estados Unidos que pertenecen a estados de mayoría republicana. Si todo sale como está planeado, estos productores se convertirán en un factor de presión para que Trump rectifique. La medida parece lógica, pero tiene un problema: con el magnate la lógica no siempre funciona.

¿Qué tan afectados resultarán los mexicanos? Dependerá de la capacidad que tengan nuestros importadores de encontrar proveedores alternativos. En teoría, es una oportunidad para productores de Argentina, Brasil y Chile. En la práctica, nuestros consumidores corren el riesgo de pagar mayores precios. Su poder adquisitivo es un rehén de la guerra comercial. Su cartera puede convertirse en un daño colateral… junto con el TLCAN.