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¿Cómo podemos entender que la misma Presidenta que busca un acercamiento con la iniciativa privada, que consulta a economistas y banqueros para buscar la forma de acelerar el crecimiento, que está por anunciar nuevos planes de inversión en el sector energético, sea la misma que va a proponer una reforma electoral que tumba más la confianza en las instituciones?

Sus economistas consentidos y cercanos se lo dijeron hace dos semanas en Palacio Nacional: México necesita inversión para crecer y los empresarios que tienen esos capitales necesitan certeza, confianza, reglas claras, energías suficientes, instituciones sólidas.

Hay un cambio notable en las formas de la presidencia de México, la proactividad de Claudia Sheinbaum contrasta con el ostracismo del expresidente López que terminaba de trabajar después de hacer dos horas de propaganda en la mañanera.

Sin embargo, algunos de los asistentes a estas reuniones recientes en Palacio Nacional confiesan muy a la callada que tienen dudas, pero que realmente quisieran creer.

Sheinbaum no ha escatimado en gestos de apertura. Además de convocar a aquellos economistas, con cierta afinidad ideológica, reunió a la cúpula bancaria para hablar de financiamiento a proyectos estratégicos y empresas privadas; adelantó un giro pragmático para el sector energético; y es una clara defensora del libre comercio ante las amenazas de Donald Trump, quien no deja de expresarse muy bien de la mandataria mexicana.

Pero esa narrativa de las puertas abiertas choca de frente con la muralla de la Cuarta Transformación y su arquitectura legislativa que ya terminó con los organismos independientes; y ya en el sexenio de Claudia Sheinbaum se derrumbó la independencia y credibilidad del Poder Judicial, solo para dejar en evidencia a una camada de nuevos ministros ávidos de poder y de lujos.

La próxima semana se prevén dos anuncios que muestran esta bipolaridad del sexenio actual: un ambicioso plan de inversiones para el sector energético, con esperanzas de amplia participación privada; y la iniciativa de reforma electoral, que claramente busca perpetuar a un partido único en el poder.

Para un inversionista es imposible reconciliar la invitación a invertir en energía con un sistema de justicia subordinado y sujeto a intereses electorales, que ahora tendrán reglas que buscarían eliminar la competencia opositora.

Algo que sí tienen claro en Palacio Nacional, tanto en la oficina presidencial, como en la oficina del secretario de Hacienda, es que el margen de maniobra se agota. La firma calificadora Fitch Ratings nuevamente hizo ver que tanto la debilidad fiscal, como el costo de los programas asistencialistas restringen la capacidad del Estado para ser el único motor de la economía.

Así, el gobierno de Claudia Sheinbaum necesita de la iniciativa privada no por convicción ideológica, sino por necesidad aritmética. Sin esos capitales no hay crecimiento que soporte el modelo fiscal derrochador de la 4T.

No ha nacido el político que pueda convertir el autoritarismo en confianza económica. La presidenta Sheinbaum ha demostrado que sabe escuchar y proponer; pero quiere imponer el fondo que heredó del desastroso Presidente anterior.

Ese pragmatismo por necesidad tiene que ser creíble. Porque el riesgo de este juego de espejos es que el sector privado decida que el costo de confiar es muy alto.

Hay un cambio notable en las formas de la presidencia de México, la proactividad de Claudia Sheinbaum contrasta con el ostracismo del expresidente López.