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Manuel AjenjoEl Privilegio de Opinar

André Breton (19 de febrero de 1896-28 de septiembre de 1966), fue un poeta y ensayista francés, teórico, fundador y uno de los exponentes más reconocidos del movimiento surrealista. Breton estuvo de visita en nuestro país entre los años de 1937 y 1938, fue entonces que percibió que en México el surrealismo no es un movimiento artístico o una corriente filosófica que intenta reflejar el funcionamiento del subconsciente sin el control de la razón, sino un ingrediente de nuestra genética cultural.


André Breton (19 de febrero de 1896-28 de septiembre de 1966), fue un poeta y ensayista francés, teórico, fundador y uno de los exponentes más reconocidos del movimiento surrealista. Breton estuvo de visita en nuestro país entre los años de 1937 y 1938, fue entonces que percibió que en México el surrealismo no es un movimiento artístico o una corriente filosófica que intenta reflejar el funcionamiento del subconsciente sin el control de la razón, sino un ingrediente de nuestra genética cultural.

Una anécdota nos cuenta cuando al escritor francés lo invitaron a conocer Xochimilco. El lugar le pareció maravilloso. Llamó su atención la gran facilidad con la que los artesanos del lugar manufacturaban espléndidas sillas con madera y cuerda. Interesado en poseer una de ellas, preguntó a los que las confeccionaban si le podían hacer una silla diseñada por él. Los artífices xochimilcas se ofrecieron a fabricar la silla, a plena satisfacción del cliente, durante el tiempo que duraría el paseo de don André por los canales, obviamente en trajinera, hubiera sido más surrealista hacerlo a nado, pero aquel día don André no llevó su traje de baño. Para que la silla fuera de su completo gusto el visitante les hizo un dibujo de cómo la quería. El dibujo respondía a las leyes de la geometría; de la silla, dibujada de perfil y en perspectiva, sólo se veían tres patas, las de adelante y una de atrás.

Al regresar del paseo, el ilustre visitante fue a recoger su silla. Mayúscula fue su sorpresa cuando se percató de que para quedar bien con su cliente extranjero, los artesanos, no desvirtuaron la realidad, copiaron el dibujo sin modificación alguna. La silla sólo tenía tres patas, cada una de distinta altura. A Breton le pareció este acto la culminación de varios acontecimientos surrealistas que había percibido en los usos y costumbres mexicanos y ahí mismo proclamó a México como el país más surrealista del mundo. (Y eso que el francés no conoció la Isla de las Muñecas porque, entonces, todavía no existía).

Si, como lo pregonó el pensador francés, México es el país más surrealista del mundo, la política mexicana es lo más surrealista de nuestro país y dentro de este concepto la liturgia priista ocupa el liderato.

Una prueba de mi afirmación es la recepción que le brindaron el pasado domingo, 10 mil priistas a José Antonio Meade, quien fue registrado oficialmente, como precandidato del PRI, partido del que no es militante. Encontré en las redes digitales una pieza audiovisual donde quedó registrada la bienvenida que le proporcionaron a Meade una maestra de ceremonias o porrista, y un locutor. En ella se ve a la señora Juana Cuevas, con una buena actitud pero sin poder disimular una mezcla de diversión con pena ajena que le provocan los apapachos tan “cordialmente falsos” y las selfies que le solicitan a su marido, que no se niega a nada ni a nadie. Mientras esto sucede se escucha a la entusiasta porrista o locutora: “Aquí está nuestro amigo, Pepe Meade, que se escuche la batucada”, grita. Repite: “que se escuche la batucada fuerte para recibirlo, ya está por aquí a unos instantes” (sic que gana la carrera de los 100 instantes planos). La mujer que habla por el micrófono, a la que nadie hace caso, insiste: “Que se escuche”. Y ella sola, a capela, se arranca con: “Pepe-pepepepe-Pepe-pepepepe-Pepe-pepepepe” —pido al lector completar la transcripción con la tonada brasileña que se adivina— “Pepe-pepepepe-Meade”; nadie la sigue. “Ahí (sic que cambia de lugar) estamos con Pepe Meade que viene acompañado de su esposa querida, doña Juana…”.

A la mujer la releva al micrófono, un locutor con una voz muy parecida a quien anuncia el circo —vecino del PRI— en Buenavista, Buenavista, Buenavista. “Que se escuchen los tambores”, ordena. No se escucha nada. “Que se escuchen los gritos…”. No hay respuesta. “Que se escuche la batucada…”. Silencio. “Porque nuestro amigo Pepe, Pepe Meade, ya está arribando a este evento, donde los priistas lo acompañamos, donde los jóvenes estamos orgullosos porque tenemos a un hombre preparado, a un hombre que día a día ha luchado por tener un México mejor para sus hijos” (eso que ni qué), “un México mejor para los priistas” (sólo para unos cuantos). “Un México mejor para toda la nación” (sic de costa a costa y de frontera a frontera). “Pepe Meade, Pepe Meade”, inicia, nadie lo sigue, desiste.

Más adelante el joven animador del circo hizo gala de elocuencia: “Porque tenemos ante todo la fuerza y el ánimo de un partido que sabe ganar y sabe trabajar en la democracia. Un partido que tiene los mejores hombres (algunos en la cárcel y otros escondidos o en fuga, de ahí que el Partido Revolucionario Institucional —oxímoron— tenga que recurrir a un precandidato externo).

El momento supremo de la reunión fue cuando el candidato se comprometió ante la militancia, la plana mayor del priismo y la dirigencia, a combatir la corrupción, equivalente a mentar la soga en la casa del ahorcado. “Ni un solo peso al margen de la ley, ningún privilegio más que el de ser mexicano”, sentenció, y el surrealismo se convirtió en supracinismo.

elprivilegiodeopinar@eleconomista.com.mx

  1. Los seis dedos de Aurelio

    Nació de parto normal. En un principio nadie lo percibió. El obstetra se ocupó de los detalles importantes como el corte del cordón umbilical y la llamada prueba de Apgar que sirve para evaluar el latido del corazón, la respiración, el tono muscular, la respuesta de reflejos, el color y el género al que pertenece el recién nacido. En este caso fue un varón y superó la prueba con solvencia.

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