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El presidente y Ebrard no desmintieron a Trump, acerca de que los dobló como no había doblado a nadie, cuando exigió que México se convirtiera en patio trasero para acoger deportados desde Estados Unidos. Pero, antes, ya se había doblado Olga Sánchez.

Un mes antes de la toma de posesión del actual presidente, la virtual secretaria de Gobernación dijo al Washington Post que había acordado con Estados Unidos que los solicitantes de asilo esperasen aquí mientras allá evaluaban sus casos.

Incluso, el que sería su segundo en Segob, Zoé Robledo, dijo a Reuters que a los migrantes que esperasen aquí se les ofrecerían empleos en las maquiladoras.

Hasta el aún presidente electo prometió visas de trabajo a los migrantes, con el argumento de que “donde come uno, comen dos, porque somos muy solidarios, muy fraternos”. Y defendió el derecho a transitar, solicitar refugio y trabajar en México.

Después, Olga Sánchez negó haber dicho a The Washington Post lo que The Washington Post publicó, aunque admitió que “a la mejor se me salió la palabra” de tercer país seguro. O sea, igual que con la Ley Bonilla y “la norma va a pervivir”. Así es ella: siempre resbala.

A diferencia del gobierno de Enrique Peña, el actual gobierno aceptó, desde el periodo de transición, que Trump les

metiera la migración y la economía en el mismo saco de las relaciones bilaterales.

Por eso Trump los pudo presionar con la amenaza de imponer aranceles a las importaciones mexicanas si no le ponían 25 mil soldados en las fronteras Sur y Norte, además de acceder a la operación “Quédate en México”, tal como reveló el domingo.

Fue el pecado original de la actual administración mexicana, porque sabía que su programa económico sería un desastre (cancelación del NAIM, programas clientelares de gasto demenciales) y que dependería absolutamente del entonces TLC, y luego T-MEC.

Y cayó en la trampa de hacer concesiones a una potencia sin siquiera sentarse a la mesa: asumía el poder en diciembre, pero en noviembre aceptaron ser “tercer país seguro”, como dijeron en entrevistas Olga Sánchez y Zoé Robledo.

Por lo mismo, Trump nunca los respetó y los exhibió cada vez que quiso. El 26 de septiembre de 2019 dijo: “Estoy usando a México para cuidar nuestra frontera”. Lo que es noticia es que fue Ebrard quien se tragó el sapo. Y que hasta dijo que era un honor.

El domingo pasado lo repitió, refiriéndose a Marcelo Ebrard: “Vino el máximo representante de México justo debajo del presidente de México y aceptó el ‘Quédate en México!’ y poner 28 mil soldados en la frontera. Nunca había visto a nadie doblarse así”.

Cayeron en la trampa de un político de pacotilla.