Esta mañana, seguro tendrán que competir por la atención de la opinión pública dos datos: los del Inegi y su primera lectura del comportamiento del Producto Interno Bruto (PIB) al cierre del tercer trimestre del año y los otros datos presidenciales que seguramente saldrán a relucir en la conferencia de prensa mañanera de hoy y que tratarán de contrarrestar un resultado económico que evidentemente no es bueno.

Desde la tribuna del presidente Andrés Manuel López Obrador tendremos una de esas conocidas dosis de la economía moral en la que ya no es importante cuánto crezca la economía sino qué tanto desarrollo haya. Y eso, que es evidentemente contradictorio, es la base de un discurso que tratará de mantener la 4T hasta que la realidad del estancamiento sea ya inocultable; entonces, vendrá la fase de encontrarle responsables a tal condición.

El problema de la negación de la realidad va mucho más allá de un intento de no perder popularidad, es la oportunidad perdida para tomar buenas decisiones para salir de la condición de estancamiento económico actual, que está cerca de los terrenos de la recesión y que necesita buenas políticas de gasto público y generación de confianza.

De poco sirve que la realidad de las cifras se comprenda, y se sufra, en las oficinas de los expertos financieros de la Secretaría de Hacienda, si el líder que toma todas las decisiones no lo ve igual.

Es indispensable que se entienda la importancia del PIB, de la inversión fija bruta, de la producción industrial, de los indicadores de construcción y de consumo para hacer los cambios estructurales que ahora impiden el crecimiento.

Si no se entiende rápido el PIB sucederá como cuando no se entendió el hub que implicaba el aeropuerto de Texcoco. No se debió cancelar una construcción de esa envergadura sólo por motivos políticos. Sólo porque Texcoco sería el recuerdo eterno de Enrique Peña Nieto y Santa Lucía, un aeropuerto poco funcional, lucirá en la entrada una enorme escultura ecuestre del general Felipe Ángeles, favorito del presidente.

Si desde el gobierno federal hubieran entendido hace un año cuando cancelaron la construcción de Texcoco que esa terminal aérea estaba destinada a ser un polo de conexiones aéreas para comunicar el país y sur del continente, quizá habrían actuado con más inteligencia.

Pero, así como al PIB hay que entenderle que no es un indicador neoliberal y neoporfirista alejado del pueblo bueno y de su bienestar, así a Texcoco se le debió conferir ese papel de hub aéreo al que México ha renunciado para cederle el negocio, el crecimiento y los empleos a otro país.

Es posible que en su momento puedan obligar a las líneas aéreas a usar la base de Santa Lucía, con algún apremio fiscal, pero ni a la Asociación del Transporte Aéreo Internacional ni a la Administración Federal de Aviación de Estados Unidos las podrán obligar a dar los permisos internacionales. Y, entonces, vendrá el gran fracaso.

Al PIB le deben dar el valor que tiene como la medición de todas las actividades económicas del país y no como armamento conservador de descalificación de la 4T.

Y de paso hay que decir que el hub habría ayudado al PIB, pero bueno, eso ya es historia.

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