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Uno de los relatos favoritos de los grupos políticos que se dicen de izquierda en México es aquel de la expropiación petrolera que expió de cualquier pecado de su gobierno a Lázaro Cárdenas y lo convirtió en figura mítica de la historia oficial.

No es un secreto la manera como ese relato, que se ha llenado de fantasías, obsesiona al presidente Andrés Manuel López Obrador.

Es un hecho también que hay una clara urgencia de la 4T de pasar a la historia de forma positiva y claramente, ni su manejo de la pandemia, de la economía o de la inseguridad, le garantizan un buen lugar en la historia. Así que, el camino elegido es buscar una nueva leyenda energética.

Sólo que ese camino egocéntrico elegido para la trascendencia pretende ignorar que el México de los 30 del siglo XX no se parece en nada al México de los 20 del siglo XXI.

Por más que los dogmas nublen la visión de los que toman decisiones, está claro que saben que regresar al estatismo no es un camino para el sector energético mexicano, ni en hidrocarburos ni en generación de energía eléctrica. De lo que se trata es de posicionar en la mente de sus seguidores que es un asunto de soberanía, de generar una nueva leyenda del súper héroe patriota.

Solo que, en ese proceso de lavar cabezas, destruyen la confianza de los que invierten, no sólo en el sector energético, sino en el resto de la economía. Porque está claro que esa forma arbitraria de proceder sólo hace impredecible hacer negocios en México.

No hay un solo argumento que hayan podido exponer desde el gobierno de López Obrador que justifique esos planes de regresión energética.

Los recursos públicos son claramente insuficientes para la producción de petrolíferos y para la generación de energía eléctrica. Esos recursos bien se pueden utilizar para muchas otras obras de mayor contenido social.

Ni Petróleos Mexicanos ni la Comisión Federal de Electricidad tienen los conocimientos y la tecnología para desarrollar sus tareas de forma eficiente.

México llegó tarde a la apertura energética, justamente por esos atavismos provocados por los relatos de la historia oficial que hicieron de la expropiación petrolera una hazaña de leyenda.

Sin embargo, aunque hoy se ha empoderado ese discurso anacrónico y hay claros intentos de revertir las ventajas de las reformas logradas, sobre todo en el imaginario colectivo, lo cierto es que la apertura energética se elevó a rango constitucional.

Los intentos de cambios en las leyes secundarias, así sea con una iniciativa preferente, sólo conseguirán un pleito legal en tribunales nacionales y ante las instancias contempladas en los acuerdos internacionales.

Pero eso parece no importar a un gobierno que lo que quiere es un lugar en la historia y convertir al líder de la 4T en un nuevo Tata, sin que les preocupe que hoy México se ha convertido en un lugar poco confiable para invertir.

Todo en estos momentos de crisis global cuando lo que más se necesita es atraer esos capitales que permitan a la economía levantarse rápidamente de la recesión en la que estamos desde hace ya dos años.