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Aproveché el puente para hacer adobes: leí el libro El camino de México, escrito por Marcelo Ebrard, con el objeto de comentarlo en esta columna que escribo en el Día del Trabajo. La publicación que con el sello de Aguilar, emitió la firma Penguin Random House, Grupo Editorial, consta de 315 páginas de fácil y amena lectura, donde, desde el prólogo y hasta el último capítulo, el autor, en primera persona, reitera, con argumentos directos y razonables, su deseo de ser el próximo presidente del país y la preparación y experiencia adquiridas, a través de cuatro décadas de vida política, para asumir el cargo.

Advierto a mis lectoras y lectores —si es que los tengo— que no conozco, personalmente, al señor Ebrard, jamás me he topado con él; pero a través de su libro, autobiográfico y propositivo, entiendo su deseo y reconozco su gran inteligencia para el marketing político; así como su ambición —con el deseo que sea de la buena— de ser presidente de nuestro país.

Líneas arriba escribí que el libro es ameno y se lee con facilidad. Pensé mucho para hacer esa definición, puede tomarse como un elogio desmesurado de mi parte. Pero no, categóricamente puedo afirmar que he leído muchos libros escritos por políticos —o por sus negros pero publicados con su nombre- y ninguno, con la excepción de las Memorias de Gonzalo N. Santos, que está en las antípodas de la obra de Ebrard, me ha parecido más interesante. Aquí, paradoja aparte, voy a aclarar el adjetivo negro, el Diccionario de la RAE, en su décima acepción define: negro.- Persona que hace anónimamente el trabajo que se atribuye a otra, por lo general un escritor. Marcelo, tiene la atención de agradecer la colaboración de Bárbara Anderson, “quien fue esencial para organizar y darle forma al texto”.

Me llamó la atención su origen familiar, segundo hijo y primer varón de ocho hermanos, procreados por la pareja de Marcelo Ebrard Maure y Marcela Casaubon Lefaure, cuyos hermanos, Jorge e Ivvone, respectivamente, casaron y tuvieron siete hijos. De los 15 primos hermanos con los mismos apellidos, solo él que fuera jefe de Gobierno del DF. se dedicó a la política —hasta ahora. Esperamos que de cumplirse el anhelo de Marcelo no le salgan hermanos o primos y/o primas con negocios que tengan que ver con el gobierno y su proveeduría.

Resalta su paso por la Universidad La Salle, desde la secundaria hasta la licenciatura y, por supuesto, su ingreso y estancia en el Colegio de México donde llegó impulsado por su abuela paterna, María de la Luz Maure y García del Valle, feminista y vasconcelista, la figura familiar que más influyó en la educación y formación del hoy canciller, Mamágrande— le dijo toda la vida.

Precisamente en el Colegio de México, fue su encuentro con Manuel Camacho Solís, del que fuera primero discípulo y luego colaborador, el que guió sus primeros pasos por la política, su mentor lo llama y destaca sus cualidades políticas de gran negociador, moderado, demócrata y pacifista, bajo su amparo arrancó su carrera en la política, a los 22 años de edad.

En la precitada publicación, Marcelo habla con la mayor franqueza que es permisible en la política, de asuntos espinosos como el de la Línea 12 del Metro, dolorosos como lo sucedido con el sismo del 85 del cual Camacho Solís y su alumno salieron fortalecidos, de su disidencia sobre el Fobaproa cuando fue diputado federal y momentos triunfales como el ser nombrado el Mejor Alcalde del Mundo por la City Mayors Fundation.

De manera dosificada, con cautela e intención política, Marcelo destaca su relación con Andrés Manuel López Obrador, su fidelidad y su disciplinada colaboración con su gobierno; esto sin dejar de insistir en su propio proyecto de diferente tesitura. A ver cómo repercute la publicación en el ánimo del jefe máximo de Morena.