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Investigando para la redacción de la presente columna me encontré con una historia que bien podría firmar el más imaginativo autor de novela negra o un destacado escritor de thrillers cinematográficos.

La noticia que me llevó al relato legendario del que más adelante daré cuenta hasta donde el espacio alcance, la escuché a través de la radio y la televisión y la leí en algunos periódicos; parece broma y por eso llamó mi atención: Están circulando en el país, billetes de 50 pesos que además de ser falsos en lugar de la imagen del Siervo de la Nación, José María Morelos y Pavón, tienen la del Divo de Ciudad Juárez, Juan Gabriel. Sería risible a no ser por el daño que la circulación de dinero adulterado le hace a la economía nacional y porque revela ignorancia y descuido de los usuarios nacionales de papel moneda.

La noticia está avalada por el Banco de México quien emitió una alerta ante el aumento de la circulación de billetes con las características señaladas. De acuerdo con la institución entre abril y junio del presente año se detectaron un total de 52,448 piezas en movimiento económico lo que significa un poco más de 2 millones 600,000 pesos en billetes apócrifos de tal denominación y con la peculiaridad establecida.

¿Por cuántas manos pasaría tal cantidad de papel moneda? ¿Vendedores y compradores no notaron la diferencia, ya no entre un billete real y uno falso, si no entre Morelos y Juanga? O, ¿acaso para algunos mexicanos sea más merecedora de estar en un billete la efigie del compositor del Noa Noa que la del redactor de los Sentimientos de la Nación? De ahí que hayan pensado: ‘qué buena onda de la 4T de poner en los billetes de 50 la imagen de un ídolo musical contemporáneo en lugar de la de un héroe que huele a naftalina’. Si éste argumento fuera válido podría sustituirse, de los billetes de 200 pesos, la ilustración de Sor Juana Inés de la Cruz, la Décima Musa, por la de Ninel Conde, el Bombón Asesino; y en los billetes de a 1,000 la estampa de don Miguel Hidalgo por la del Loco Valdés.

Pero la historia a la que me llevó la investigación sobre la falsificación de papel moneda en México, tiene como personaje central a un talentoso bribón que nació en Francia con el siglo XX, un súper dotado dibujante, de nombre Alfredo Héctor Donadieu, que adoptó el nombre de Enrico Sampietro, trabajó para Benito Mussolini en Italia y luego se dedicó a falsificar papel moneda en varios países de Europa y de América. Estuvo preso y escapó en la Isla del Diablo de la Guyana Francesa, de donde también se fugó, Henri Charrière, ‘Papillon’. Vino a México e inundó al país de billetes de 20 dólares. El FBI llegó a ofrecer 50,000 dólares por su captura. Después de una serie de investigaciones fue detenido en octubre de 1934 y recluido en la penitenciaria de Lecumberri.

En esa cárcel se relaciona con el sacerdote José Aurelio Jiménez Palacios, vinculado al asesinato de Álvaro Obregón y miembro de la organización secreta La Causa de la Fe, creada por cristeros, algunos todavía en prisión, que hacen amistad con Sampietro con quien los une el catolicismo, su simpatía por el fascismo y el estar en contra del régimen de Lázaro Cárdenas, quien a su juicio era enemigo de la Iglesia Católica y llevaba al país al comunismo.

En 1938 Sampietro escapa de Lecumberri con la ayuda de La Causa de la Fe y de su dirigente Ricardo T. Orendáin, un “cristero de vieja alcurnia, embriagado por el dinero fácil y abundante”, al decir del investigador de la UNAM, Mario Ramírez Rancaño.

Pero la historia no termina aquí, más bien empieza. Continuará.

Punto final

Mi hijo está practicando natación.

¿Y qué tal le va?

Nada mal.