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El terrorismo usa como su ventaja la sorpresa, atacar cuando menos se espera y donde más pueda doler. Este crimen busca atacar en el terreno más sensible: el de la indefensa población civil. Hace apenas unos días revivíamos las imágenes de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington, que justo mostraban cómo un pequeño grupo movido por la maldad es capaz de cambiar la historia con muy pocos elementos a su disposición.

Desde entonces y hasta la fecha, la conciencia del terrorismo está presente entre la población, los gobernantes y los mercados. Y las preocupaciones aumentan cuando se entra en conflicto con grupos que tienen el terrorismo como estrategia.

La lucha contra el grupo yihadista Estado Islámico que encabeza Estados Unidos es una patada al avispero de los grupos terroristas que buscarían esa estrategia ante la inevitable supremacía militar de Occidente.

Es tan clara la amenaza que recientemente Reino Unido elevó su alerta antiterrorista de sustancial a grave. España hizo lo mismo y por supuesto que Estados Unidos también está en alerta máxima ante la enorme posibilidad de reacción de los grupos combatidos.

Los mercados no son inmunes a estas situaciones y así como los gobiernos han elevado sus niveles de alerta, también los inversionistas toman sus precauciones.

Las bajas recientes en los indicadores bursátiles tienen también explicación en el aumento de las acciones bélicas en contra del grupo Estado Islámico. Por los bombardeos en Siria y en Irak, por la incursión francesa, por las ejecuciones constantes de periodistas y turistas de las naciones occidentales involucradas.

Tomar precauciones financieras, como tomar posiciones en el mercado petrolero, no es desear un ataque terrorista, pero es no dejar de ver que las células de extremistas pueden tomar el ataque al Estado Islámico como la señal de arranque para sus planes terroristas, aun sin tener vínculos directos con aquel grupo que tiene su origen en Irak.

Que los mercados se sientan preparados para esa posibilidad implica que el impacto de mediano y largo plazo del evento se pueda diluir. Salvo el 11 de septiembre del 2001, el resto de los ataques terroristas relevantes, como en los metros de Madrid, Londres y Japón, no ha desequilibrado ni a los mercados ni a las economías.

Los mercados evalúan el impacto que puede tener el hecho violento en las perspectivas futuras de la economía y si no encuentran esos estragos, simplemente se recomponen.

Es evidente que un acto terrorista afecta el ánimo y la confianza de consumidores e inversionistas, pero si el shock se diluye rápidamente, las consecuencias financieras pueden ser encapsuladas en el corto plazo.

El Estado Islámico es producto del descuido militar de Estados Unidos. Este grupo tiene su origen en los escombros de Al Qaeda que crecieron al amparo del abandono de Irak a su suerte tras la presión de la opinión pública estadounidense de salirse de ahí.

Las redes sociales les han permitido a los grupos radicales llegar con sus mensajes de terror a los ciudadanos, lo cual en sí es un acto de intimidación.