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Es imposible de olvidar la cara de Arturo Herrera cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador lo presentaba en un video como el nuevo secretario de Hacienda, en julio del año pasado.

Ni cuando convalecía del COVID-19 en su casa se le notaba tal expresión de desasosiego, como cuando el gran tlatoani decía que el exsecretario Carlos Urzúa se iba porque no estaba conforme con las decisiones que estaba tomando y que Herrera Gutiérrez llegaba al puesto para poner la economía al servicio de la cuarta transformación.

No hay una sola duda de la gran capacidad que tiene ese economista para ejercer una labor tan importante como la de ser secretario de Hacienda de una de las 20 economías más grandes del mundo.

Tampoco hay ninguna duda de la falta de credenciales técnicas y hasta de sentido común del presidente López Obrador para conducir él mismo el destino económico financiero de este país.

Y menos dudas hay de que hoy en México no hay otra voz que valga, otra instrucción que se escuche, que la del jefe del Ejecutivo. No hay más.

La mejor evidencia es el manejo presupuestal desde el despacho presidencial, no solo por encima de la oficina del secretario de Hacienda, en el mismo Palacio Nacional, sino de lo dispuesto por el Congreso en la aprobación legal del paquete económico.

Y la confirmación pública llegó cuando, en el extremo, el presidente desmintió públicamente al secretario Herrera sobre el uso del cubrebocas como un elemento indispensable para la reactivación económica.

Conocimos la sonrisa más nerviosa del secretario, le escuchamos la voz quebrada y lo vimos autodesmentirse en la tribuna de las mañaneras sobre algo de lo que tenía toda la razón y que no pudo defender.

Era pues, un acto de prudencia extrema, hasta la humillación, en algo totalmente inocuo ante un hombre extremadamente testarudo como lo es López Obrador.

Pero ahora está claro que el intervencionismo del presidente en los asuntos técnicos de la Secretaría de Hacienda se da hasta en los temas de alta especialidad.

Nadie en su sano juicio quiere que un gobierno tan irresponsable como el actual incremente los niveles de endeudamiento para, seguramente, malgastar lo prestado en sus planes inviables.

Y es que, desde la subsecretaría de Hacienda, su titular, Gabriel Yorio, designó la contratación de deuda como la segunda línea de acción para las finanzas del país. Era una forma de hacerle ver a los mercados que antes de permitir un desbalance que profundice una crisis en México, se pueden paliar las finanzas públicas con dinero prestado.

Pero el presidente, y sus ideas fijas, no lo soportó y desmintió públicamente a Yorio en esa señal de confianza. Y dejó ver que la Secretaría de Hacienda de la 4Tes de cartón, que las finanzas las maneja un López Obrador al que no le gusta escuchar a los expertos.

Así, lo que pretendió ser un mensaje de certidumbre por parte de Herrera, con el cubrebocas, y de Yorio, con la deuda, se convirtió en la confirmación de que México vive bajo el dominio de un solo hombre mal asesorado y que toma malas decisiones.