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Después de que la economía estadounidense reportara su segundo trimestre consecutivo de crecimiento secuencial negativo hace unas semanas, el debate sobre si Estados Unidos se encuentra en recesión se ha intensificado considerablemente.

La definición de libro de texto describe el inicio de una recesión cuando se dan dos trimestres consecutivos de crecimiento negativo. Sin embargo, en la realidad, hay una gran cantidad de factores adicionales que se deben considerar para afirmar que ha iniciado una recesión.

En Estados Unidos, el órgano encargado de determinar si la economía está en recesión es el National Bureau of Economic Research (NBER).

El NBER analiza un conjunto amplio de variables económicas y un comité de ocho integrantes determina si hay una recesión o no. Este proceso toma varios meses y la determinación normalmente se da varios meses después del inicio de la recesión, y en muchas ocasiones hasta una vez concluida.

Habiendo dicho esto, la evidencia histórica nos dice que los episodios de dos trimestres consecutivos de contracción son un buen indicador predictivo de recesión. No obstante, el contexto actual es muy diferente al de recesiones anteriores.

El choque de la pandemia, la implementación de masivos estímulos fiscales y monetarios y el choque adicional provocado por la invasión rusa a Ucrania han contribuido a generar un entorno en el que los datos económicos pueden arrojar señales distorsionadas.

En primer lugar, la contracción del PIB durante la primera mitad del año se ha dado sin un incremento en la tasa de desempleo, que se ubica en 3.5%, el mínimo histórico registrado antes de la pandemia. Asimismo, las cifras de creación de empleo, en lo que van del año, siguen siendo robustas e inconsistentes con un escenario de recesión.

En segundo lugar, la medición del PIB excluyendo el incremento en las importaciones (que tiene un impacto negativo en el cálculo aritmético del PIB), se mantiene en territorio positivo.

En tercer lugar, el consumo tuvo aún un sólido desempeño en el primer trimestre del año y aunque hubo una desaceleración importante en el segundo trimestre, la comparación secuencial y anual se mantiene en territorio positivo.

En cuarto lugar, el Índice de Sentimiento del Consumidor (Consumer Sentiment Index) publicado por la Universidad de Michigan se recuperó por segundo mes consecutivo en agosto después de alcanzar su nivel mínimo de los últimos 50 años en junio.

En este sentido, se podría argumentar que la economía estadounidense no está en recesión ya que no hay una debilidad generalizada de la actividad económica a pesar de la contracción de las cifras del PIB. Sin embargo, es importante reconocer que los datos económicos están siendo impactados por circunstancias extraordinarias que los hacen menos confiables como indicadores de recesión.

La realidad es que, a pesar de lo ruidoso de las cifras, la economía de Estados Unidos está en franca desaceleración aunque probablemente no ha iniciado una recesión.

La incógnita más grande es si la economía podrá lograr un aterrizaje suave, es decir evitar una recesión, en un entorno inflacionario en el que la Fed está subiendo las tasas de interés y retirando liquidez.

El comportamiento de los mercados en las últimas semanas parece apostar a que la desaceleración no se convertirá en recesión. Sin embargo, esto podría cambiar rápidamente si la trayectoria descendente de la inflación, que parece haber iniciado una tendencia irreversible en julio, es más lenta de lo esperado por el mercado.

Este es un riesgo real que podría llevar a la Fed a elevar las tasas de interés a un nivel más alto de lo que espera el mercado y mantenerlas en dicho nivel durante un plazo más largo a lo que está descontado actualmente.