Con la conclusión de un muy complicado primer semestre del año para los mercados, vale la pena llevar a cabo una revisión de los pronósticos realizados a principios del año y del panorama para la segunda mitad.

A principios de año, el consenso de expectativas de los principales analistas apuntaba hacia un incremento para el S&P 500 en este 2022 en un rango de 5-6 por ciento. Este pronóstico, se generaba después de un alza de 27% en el 2021, que hizo trizas el pronóstico inicial de ese año que vaticinaba un alza de 7 por ciento.

A pesar de un pronóstico más conservador para el 2022, el primer semestre de este año se ha convertido en uno de los peores de la historia para todo tipo de activos financieros, dejando a los inversionistas prácticamente sin lugar para refugiarse.

Durante la primera mitad del año, el S&P 500 experimentó un retroceso de 20.6%, su peor desempeño para un primer semestre desde 1970 y el quinto peor desde que se tiene registro.

La caída en el Nasdaq, que tiene una mayor concentración en empresas del sector de tecnología, fue de 30% y varias empresas que son parte del índice (como Netflix, Facebook, Paypal, NVIDIA, Etsy) registraron desplomes entre 50 y 70 por ciento.

La debilidad se extendió a los precios de prácticamente todos los activos financieros, incluyendo instrumentos que tradicionalmente se consideran activos refugio como el oro, la plata, y los bonos del Tesoro de Estados Unidos.

El oro tuvo una caída de 1%, y la plata de 16%, mientras que el bono del Tesoro a 10 años de EU registró una minusvalía de aproximadamente 15% durante el semestre.

La gran excepción fueron los instrumentos relacionados al sector de materias primas energéticas.

El precio del petróleo aumentó 41% mientras que el índice sectorial de las compañías más importantes de energía en el mercado registró un incremento de 25% y la acción con el mejor desempeño en el S&P 500 fue Occidental Petroleum con un alza de 103 por ciento.

Como hemos subrayado, en ediciones anteriores de Sin Fronteras, la principal razón detrás de la caída en los índices accionarios ha sido el fin de una era de política monetaria excesivamente laxa en la que las tasas de interés estuvieron en niveles cercanos a cero, e inclusive negativos en algunos países, y en la cual los bancos centrales se dedicaron a inundar de liquidez a los mercados.

Esto fue posible en un entorno en el que las autoridades monetarias pudieron ser complacientes por que el contexto global era uno sin presiones inflacionarias. Sin embargo, hoy estamos ante la mayor inflación de las últimas cuatro décadas, provocada en buena medida por el impacto de la pandemia en las cadenas de suministro, un exceso de estímulos fiscales en el 2020-21 y la inesperada invasión rusa a Ucrania.

El mercado tiene claro que la Fed erró en su diagnóstico de que la inflación era un fenómeno transitorio y no vio venir un pico tan pronunciado ni tan persistente. El mercado también tiene claro que los bancos centrales están obligados a enmendar el rumbo mediante un endurecimiento de la política monetaria que no hemos visto en década y media.

Asimismo, el mercado está consciente que dicho endurecimiento incrementa de manera importante la probabilidad de recesión.

En este contexto, hemos visto una fuerte contracción en los elevados múltiplos de valuación al que cotizaban las empresas y estamos, además, comenzando a ver una desaceleración en el ritmo de crecimiento de las utilidades – explicado en buena medida por las alzas en los costos de materiales, combustibles, logística y mano de obra.

Aunque algunas presiones inflacionarias deberían de comenzar a ceder, la segunda mitad del año luce complicada.

Para los observadores que ven una desaceleración, pero no una recesión, los mercados ya han descontado las malas noticias y ven el contexto actual como una oportunidad de compra.

Sin embargo, otros especialistas creen que la recesión es inevitable y que los mercados podrían ajustarse aún más antes de comenzar una recuperación sostenida.