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Se esperaba que en el 2050 estas economías fueran superiores a las del G-7 del 2001.

En el 2001, el británico Jim O’Neill, presidente de la Gestora de Fondos de Goldman Sachs, acuñó el acrónimo BRIC para hacer referencia a cuatro países emergentes —Brasil, Rusia, India y China— cuyas economías podrían ser, para el 2050, superiores en tamaño a las que en ese momento componían el G-7 (en el 2010, se añadió a Sudáfrica a este grupo de países).

Además de su tamaño, en términos de extensión geográfica y población, así como su liderazgo e influencia regional, estos países se caracterizaban por ser economías en pleno proceso de industrialización con tasas de crecimiento acelerado. En aquel 2001, que ahora parece tan lejano, la economía global estaba en un escenario de bajo crecimiento para los países desarrollados y una era de expansión acelerada para el mundo emergente.

Para varios observadores, esta situación podría derivar en un reajuste en el liderazgo económico y político a nivel global. Durante los primeros 10 años de vida del término BRIC, el pronóstico de O’Neill, en términos de peso económico, parecía ir por buen camino; ya que de acuerdo con datos del Fondo Monetario Internacional, en el 2011 China era la segunda economía más grande del mundo, mientras que India, Rusia y Brasil ocupaban los puestos tres, seis y siete en el escalafón.

Aunque los BRICS, con excepción de China, nunca constituyeron una fuerza real de reacomodos políticos a nivel global, en términos económicos todo indicaba que más pronto que tarde estas economías emergentes, al lado de otras un poco menos dinámicas, desplazarían del ranking global a los países desarrollados.

La crisis del 2008-2009 parecía reafianzar esta teoría, con Japón, Estados Unidos y Europa en plena recesión y con China aparentemente inmune a la recesión global.

Sin embargo, en los últimos tres años la historia ha cambiado radicalmente. La economía china está en una etapa de transición de su modelo económico que ha resultado en una fuerte desaceleración.

Después de crecer a una tasa promedio de 9.6% entre el 2002 y el 2011, la economía china se expandió 7.7% en el 2012 y en el 2013; 7.3% en el 2014 y el ritmo actual se ha desacelerado a 6.5 por ciento.

Brasil, cuyo crecimiento fue principalmente impulsado por el boom de materias primas que resultó del gran programa de inversión en infraestructura de China, está actualmente en una recesión persistente de la cual difícilmente saldrá mientras el precio del petróleo y otras materias primas se mantenga deprimido.

El caso de Rusia es similar al de Brasil: después de haber promediado 7% entre el 2000 y el 2008 y 4% entre el 2009 y el 2012, hoy se encuentra atascado en una obstinada recesión como resultado del desplome en los precios del petróleo.

En el caso de India, la desaceleración es mucho menos tangible porque su economía es menos dependiente del ciclo de las materias primas. Esta situación ha desnudado muchos problemas en los BRICS que, durante años, los inversionistas estuvieron dispuestos a pasar por alto.

En los casos específicos de Brasil y Rusia, estamos ante economías que no aprovecharon el boom económico de las materias primas para implementar reformas estructurales de fondo enfocadas a estimular la productividad, fortalecer el Estado de Derecho y facilitar la inversión privada.

Tan es así que tanto Brasil como Rusia siguen siendo de los lugares más complicados para hacer negocios a nivel global. Asimismo, ninguno de estos dos países hicieron lo suficiente para fortalecer sus finanzas públicas y a la fecha han sufrido un deterioro importante en su calificación crediticia, que desafortunadamente no ha terminado y cuyo desenlace podría ser de pronóstico reservado.