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Parece que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, llegó a ese punto donde más le conviene no hacer enojar a más agentes económicos y de poder, antes que seguir en una actitud de campaña agradando a sus seguidores.

El despido del director del FBI, 
James Comey, le cambió la suerte al presidente Trump. No hay duda de que aunque logre un buen control de daños, eso tardará tiempo y dejará secuelas en su poder político.

Aunque hay quien apuesta a que este es el principio del final del gobierno de Trump, lo cierto es que lo debilita.

Y esto ocurre en un momento que coincide con un tema de la relación bilateral México-Estados Unidos.

Puede ser que la ratificación de Robert Lighthizer como representante comercial del gobierno de Washington haya tenido un timing invaluable para la causa de México y Canadá. Llega cuando no hay reflectores sobre el tema del libre comercio, en un momento de debilidad de la Casa Blanca, y allana el camino para aquellos que sí quieren mantener el acuerdo trilateral. O al menos un par de buenos acuerdos bilaterales.

Esta semana se da la notificación oficial al Senado estadounidense para iniciar formalmente las pláticas dentro de tres meses. Mientras tanto, han iniciado los contactos informales entre los representantes de los tres países y se han intensificado las negociaciones entre los sectores de cada país.

No hay que perder de vista que la primera ronda, y quizá la más difícil, es aquella que sienta a negociar a los productores locales y en donde se define qué tanto pueden ceder.

En México el libre comercio con Estados Unidos goza de una buena fama, bien ganada, a la luz de los resultados obtenidos. Habrá sectores, quizá de la agroindustria, que pudieran complicarse porque no se puede descartar cierta contaminación electoral de las opciones rupturistas.

Pero la negociación más compleja la tendrá el gobierno de Estados Unidos. El aumento de las exportaciones estadounidenses a México es exponencial, de ellas dependen millones de empleos.

Habrá estados de ese país que sean claros perdedores, pero en el conjunto no hay otra cosa que resultados positivos.

Sin embargo, el secreto para anticipar el éxito de la renegociación está en el sector agrícola estadounidense, específicamente los productores de maíz de aquel país.

El año pasado Estados Unidos vendió a México 2,600 millones de dólares en productos de maíz. Tanto para las tortillas que se consumen por millones como para la alimentación de la industria ganadera y avícola.

Si bien este producto es marginal en el comercio global bilateral, es sin duda un referente y una excelente bandera que pesará mucho por la enorme cantidad de campesinos que dependen de esa producción en amplias zonas agrícolas de Estados Unidos.

Y, como el maíz, hay una larga lista de productos que, de cancelarse el acuerdo con México, podrían ser blanco de la aplicación de aranceles.

Seguro que lo que menos desea hoy Donald Trump es abrir un nuevo frente de tensión con el sector agrícola de su país. Puede dejar que sus expertos en comercio logren algún acuerdo que resulte aceptable para todos y ayudarse a sobrevivir políticamente.