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Hay mucho que aclarar en la decisión anunciada por el presidente electo de que habrá 50 mil nuevos reclutas para combatir el crimen y sofocar la violencia.

La cifra es alta respecto del reclutamiento de efectivos para Ejército, Marina y Policía Federal en lo que va del siglo.

Ejército y Marina, nos dice Alejandro Hope, crecieron en 32 mil elementos de 2000 para acá. La Policía Federal pasó de 10 a 37 mil elementos (El Universal, 12/10/18).

Tampoco está claro cuánto costarán los nuevos reclutas, aunque el cálculo del mismo Hope es que entre 20 y 25 mil millones (140 mil millones es el presupuesto actual del Ejército, la Marina y la Policía Federal.

Pese a su vaguedad práctica, el anuncio corta de tajo un grave error de la postura previa del gobierno electo. Su convicción era que podían regresar a los militares a los cuarteles y que no había que reforzar mayormente la milicia para abatir la violencia, pues esta se reduciría con subsidios a jóvenes, que son la carne de cañón del crimen, y mediante amnistías que inyectaran en la sociedad un espíritu de paz y de reconciliación .

Al parecer el gobierno electo ha mirado el problema de cerca y su conclusión es la de todos: sin mejorar la fuerza pública no será posible avanzar en el frente de la inseguridad y la violencia.

Vale decir: que el Estado no puede prometer la paz si no se prepara para la guerra, como dice el dicho romano, y que, por tanto, lo probable es que la violencia empeorará antes de mejorar.

Si el gobierno quiere no tener al Ejército en funciones de policía, tiene que usarlo ahora como policía y formar mientras tanto la policía que falta.

El anuncio no augura nada bueno respecto del horizonte de violencia que espera al país en los años que vienen, pero al menos indica que el gobierno electo ha dejado atrás las ilusiones en esta materia y ha empezado a decirse la verdad.

La verdad es que la paz será un fruto de maduración larga y necesita por lo pronto 50 mil reclutas más. Una paz lejana.