La importancia de Teotihuacán

EnriqueOrtiz

Enrique Ortiz GarcíaTlahtoani Cuauhtemoc

Existen numerosos espacios de Teotihuacán que requieren ser restaurados, entre ellos el templo de la serpiente emplumada y los murales de la zona habitacional de Tetitla

El 2020 fue un año muy complicado para la cultura, museos y las zonas arqueológicas en el mundo y en nuestro país. Recordemos los recortes presupuestales que sufrió el INAH (hasta del 75por ciento tras el decreto de austeridad del 23 de mayo), así como otros organismos responsables de salvaguardar el patrimonio material de los mexicanos.

Como consecuencia muchos proyectos de investigación y restauración realizados por arqueólogos y restauradores han quedado detenidos. Aunado a esto, hay que mencionar la pandemia de COVID-19 que sigue propagándose a nivel global, causando serios problemas financieros para algunas fundaciones, instituciones culturales e incluso museos, como el famoso Papalote Museo del Niño, el cual ya ha publicado en redes sociales la terrible situación en la que se encuentran, pidiendo donativos al público en general. En esta ocasión quiero avocarme a una sola zona arqueológica, la cual es de suma importancia que obtenga los recursos para la restauración de varios espacios que alberga, me refiero a Teotihuacán, la zona más visitada del país. De acuerdo al INAH esta zona arqueológica fue visitada por 4 millones de visitantes en el 2019, 118 mil menos que el 2018.  ¿Qué espacios requieren una intervención a corto plazo dentro de la zona arqueológica? El primero y más relevante es la llamada “templo de la serpiente emplumada”, ubicado en la zona sur del núcleo ceremonial de la gran ciudad. De acuerdo a investigaciones del Dr. Saburo Sugiyama, esta estructura fue construida entre el 200 y 250 d.C. siendo solamente un componente del gran complejo de la Ciudadela, el cual alberga una gigantesca plaza rodeada de plataforma por cuatro de sus lados, sobre la cual descansan 15 basamentos. En su interior, se encuentran 2 “palacios” flanqueando el templo de la serpiente emplumada , espacios que seguramente albergaron a los sacerdotes encargados del culto dentro del gran espacio ceremonial. Finamente, en el 2003 el arqueólogo Sergio Gómez descubrió un gran túnel de entre 15 y 17 metros de profundidad y una longitud de 102 m el cual fue construido con fines ceremoniales por los propios teotihuacanos en el siglo I d.C.

Durante su limpieza en la cual se retiraron 1000 toneladas de piedra y tierra, se encontraron 100 mil objetos desde semillas de calabaza hasta 8 mil objetos de madera que tienen una antigüedad superior a los mil 500 años. Destaca el hallazgo de mercurio líquido, así como piezas de ámbar, hule y cuatro esculturas antropomorfas de piedra verde.

El templo de la serpiente emplumada, fue una construcción de siete niveles que destaca por los hermosos mascarones y relieves que decoran sus cuatro lados, los cuales han sufrido una terrible erosión por el paso del tiempo y la exposición a los elementos desde que fueron desenterrados, recolocados y restaurados, entre 1918 y 1921, proyecto encabezado por Ignacio Marquina y Manuel Gamio. Literalmente los mascarones de las serpientes emplumadas, conchas, elementos marinos y de “cipactli”, se están pulverizando lentamente, perdiendo sus detalles, el fino trabajo que realizaron los teotihuacanos hace  mil 750 años atrás. También hay que mencionar la filtración de humedad que debilita la estructura, así como la perdida irreversible de las esculturas que decoran la fachada principal del templo. Esta situación lleva postergándose por años, incluso en algún momento se propuso la ubicación de una gran techumbre para proteger el gran templo y la belleza que alberga. Se trata de una pérdida irreversible de una de las edificaciones más relevantes y famosas del pasado mesoamericano. La intervención necesaria no se ha concretado a pesar del alarmante deterioro que sufre la estructura debido a la falta de los recursos económicos, a un presupuesto destinado específicamente y únicamente para el rescate de este antiguo templo.

Otro espacio que requiere una intervención inmediata son los murales alojados en el complejo habitacional de Tetitla. Algunos presentan una gran cantidad de sales y humedad, al grado que están en riesgo de perderse para siempre. La pequeña representación de la “Mujer de los Nopales” prácticamente ha desaparecido, mientras que el uno de los murales del hombre-jaguar prácticamente se ha realzado, fragmentándose,  por la humedad que se ha filtrado en el muro donde fue plasmado.

Mural ubicado en Tetitla, donde se observa al dios de las tormentas. Noten el deterioro debido a la humedad, formación de sales e incluso escurrimientos.

 

Estos maravillosos frescos tienen una antigüedad superior a  mil 500 años, siendo testimonios invaluables del alto grado de sofisticación que alcanzó la gran ciudad de Teotihuacán, la más grande de América y una de las 5 más extensas del mundo en el siglo 500 d.C. ¿Por qué es importante invertir recursos para preservar esta zona arqueológica, así como financiar los proyectos de investigación? Esta ciudad fue una pieza fundamental en el desarrollo de las culturas originarias de Mesoamérica, desde periodo clásico, epiclásico e incluso posclásico. Tuvo una población estimada de 120 mil, en cifras conservadoras, hasta posiblemente 200,000. Tuvo una extensión estimada de 23 kilómetros cuadrados, y en la actualidad no se ha excavado ni el 20 por ciento del total de la gran metrópolis. A pesar de su extensión, esta ciudad contó con una extensa red de drenaje, esto con el objetivo de evitar inundaciones y desalojar el agua de lluvia, también contó con canales de riego para impulsar la producción agrícola.

René Millón y su equipo ubicaron en la década de los 60, 400 talleres de obsidiana, 200 de cerámica y entre 2000 y 2200 complejos habitacionales que fueron el hogar del 90% de la población teotihuacana. Construcciones hechas de piedra, con pisos y muros recubiertos de estuco y pintura, con drenajes, patios y templos, un gran de sofisticación que evocan ciudades como Roma, Pompeya, Alejandría o Constantinopla.

Vista panorámica de Teotihuacan realizada por Anxo Miján, Diego Blanco et al.

También sabemos que hubo presencia zapoteca en el barrio de Tlailotlacan, ubicado al poniente de la calzada de los muertos. En este sector de la ciudad, de alrededor de medio kilómetro cuadrado se asentaron alrededor de 1000 personas en el año 200 d.C; también existió presencia de personas procedentes de la zona lacustre de Pátzcuaro y del Golfo de México, posiblemente de filiación huasteca, en el famoso barrio de comerciantes ubicado al noreste. Finalmente sabemos de la fuerte influencia que tuvieron los teotihuacanos en la zona maya, en las grandes ciudades mayas de Tikal, Copán,  Kaminaljuyú y Uaxactún, desarrollando importantes lazos comerciales y culturales, llegando incluso a fundar nuevas dinastías desde la irrupción de “Nacido del Fuego” o “Rana humeante”, militar al servicio del gobernante “Búho Lanzadardos”, en enero del 378 d.C., como lo describen varias estelas de la zona maya, como la 31 y 4 de Tikal o la estela 5 de Uaxactún. En gran medida, todos los grandes arqueólogos mexicanos ha participado en al menos algún proyecto dentro de la Ciudad de los Dioses, participando en equipos interdisciplinarios de diversas instituciones educativas y de varios países, enseñando, aprendiendo. Por estas y muchas otras razones es importante que esta zona arqueológica, la llamada “Roma Americana”, se mantenga viva, con los recursos que merece para su conservación e investigación.

Enrique Ortiz García

Escritor y divulgador cultura

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