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¿Qué es más grave, la flacura de las finanzas públicas o la obesidad de la población mexicana? No se rían, es cosa seria. El gobierno tiene una baja recaudación comparada con el PIB, pero también con los compromisos que tienen para el año próximo: los programas sociales que ya tienen rango constitucional tienen asignados 987,000 millones de pesos; el servicio financiero de la deuda será de 1 billón 570,000 mil millones de pesos; la aportación patrimonial a Pemex implica 263,500 millones de pesos en 2026. A todo esto, sumen el pago de la nómina de 6 millones 37,997 trabajadores del sector público.

Lo de la obesidad es un problema gordo. México tiene una de las tasas más altas del mundo. En el caso de la población que tiene entre 5 y 11 años, somos líderes mundiales porque 17.5% presenta sobrepeso u obesidad. La obesidad se ha convertido en la forma predominante de la mala nutrición, por encima del bajo peso, que ahora es menor al 10%, dice un informe de la UNICEF. El 40% de las calorías diarias ingeridas por los niños mexicanos corresponde a refrescos y alimentos ultraprocesados.

En la adolescencia, el porcentaje de personas obesas o con sobrepeso asciende al 36% y, en la edad adulta, llegamos a una situación penosa: más de la mitad de la población tiene sobrepeso u obesidad. ¿Cuántos son? Imposible de llegar a una cifra exacta. La Encuesta Nacional de Salud registra que 70% de los adultos mexicanos están pasados de peso o son francamente gordos. Es 75.2% de las mujeres y 69.6% de los hombres. Alrededor de 9% de los mexicanos están en la categoría de obesidad mórbida.

¿Cuánto cuesta la obesidad? La Organización para la Cooperación y el Desarrollo estimó el costo en 26,000 millones de dólares en 2019; esto es alrededor de 2% del PIB. Esto incluye gastos médicos, pérdida de productividad y mortalidad prematura. Tres enfermedades graves están relacionadas directamente con el exceso de peso: diabetes; enfermedades cardiovasculares y algunos tipos de cáncer, como el de colon, endometrio y mama.

¿Qué puede hacer el Gobierno? Promover hábitos sanos, en la alimentación y en la activación física; implementar políticas regulatorias y mejorar la atención médica. ¿Lo está haciendo… bien? Podríamos decir que no, si la evaluación se quedara con las estadísticas de obesidad y enfermedades relacionadas con ella. Como sociedad, sospecho que estamos más gordos que hace 10 años, a pesar de impuestos especiales, los hexágonos en las etiquetas, cientos de malas campañas de publicidad y acuerdos improductivos del Gobierno con las industrias.

¿Funcionan los impuestos? Intuyo que son más eficaces (o menos ineficaces) para paliar la anemia de las finanzas públicas que para combatir la obesidad. Para 2026, la expectativa es que el incremento de impuestos en refrescos y sueros tipo Electrolit incremente la recaudación en una cifra cercana a los 40,000 millones de pesos. No hay una meta tan puntual en cuanto a reducción de la obesidad, pero sí hay una novedad: un acuerdo con los fabricantes de Coca Cola para que promuevan más sus productos bajos en calorías y para que reduzcan 30% las calorías de sus productos que no son light ni zero. Llama la atención el compromiso de no utilizar a menores de 16 años en la publicidad.

¿Qué harán los consumidores? Hay millones de ellos que tienen un hábito tan constante de consumo que casi equivale a una adicción. No es la primera vez que el Gobierno sube los impuestos a los refrescos y lo justifica como una medida de salud. La más reciente fue en 2013. Los consumidores bajaron su consumo de refresco por un periodo muy corto y luego volvieron a sus niveles “normales”.

La política pública deberá batallar con la mercadotecnia. Los fabricantes lanzarán nuevas presentaciones y las marcas de refrescos de bajo precio ganarán una rebanada del mercado. Eso ya ha pasado. En cualquier escenario, además del combate a la obesidad y la recaudación, habrá que estar atentos al posible impacto inflacionario de este aumento de los impuestos. Después de todo, los refrescos son un producto imprescindible en la canasta básica. En México tomamos, en promedio, 163 litros de refresco por persona, por año. Somos el número uno del mundo en esta categoría, pero no podemos decir We are the Champions.