Ver una fotografía del pasado es reactivar el cuerpo entero porque la memoria enciende los chispazos de lo que vimos, sentimos, escuchamos y percibimos en ese momento que ahora resulta lejano.

Hasta la postura de nuestro cuerpo cambia a la hora de tener en nuestras manos una imagen es capaz de trasladarnos hasta ese lugar.

La memoria nos activa y a veces nos traiciona, y todo porque las emociones pueden ser tan fuertes que nos ciegan una parte de la realidad, de lo que en verdad es hoy en el aquí y en el ahora.

Eso me pasó, y seguramente a varios también, a la hora de ver que Javier Aguirre regresaría al futbol mexicano y esta vez para dirigir a uno de los mejores equipos de la liga. Claro, no es porque yo sea de Monterrey y no tenga reparo en decir que le voy a los Rayados, pero digamos que imaginar al “Vasco” Aguirre liderando y dirigiendo al equipo, sonaba para seguir la buena racha.

Ya han de saber que soy futbolera, rayada y apasionada, y no podía dejar pasar este momento en el que me di cuenta que mi memoria me traicionó a raíz de una imagen que se mantuvo en mi cabeza. Una foto que dibujaba a un hombre que se movía de un lado a otro, que no se cansaba de motivar a los jugadores, que era impulsivo pero aguerrido, que nos contagiaba el ímpetu y la energía.

A Javier Aguirre lo conocí (por televisión) por ahí del 98 cuando tenía 16 años, una adolescente que veía el fútbol todos los fines de semana sí o sí, y que no se perdía Acción los domingos por la tarde.

Él llegó a dirigir al Pachuca y de pronto se volvió en un personaje que siempre daba nota por su manera de dirigir, expresarse y moverse en el campo y en cómo era capaz de transformar el estado anímico de los jugadores. Era cuestión de que les gritara desde la banca o en los vestidores para que todos cambiaban radicalmente y en la mayoría de las veces se llevaran el triunfo.

Aguirre fue de menos a más, con los Tuzos llegó a dos finales, si mal no recuerdo y ganó en el 99 el torneo de invierno.

Era una especie de rockstar como DT, dirigía y hacía bien su trabajo. Dos años después fue llamado a la Selección Mexicana, dado que la clasificación al mundial del 2002 estaba en peligro.

Pues pasó lo que todos esperábamos, los gritos y la motivación de ese hombre que usted puede ver en la foto, contagiaba a todos. No solía sentarse en la banca, estaba de pie, moviendo los brazos como si fuera un director de orquesta y a todos nos quedaba claro, a través de la pantalla, que tenía un carácter del terror.

Pasamos al mundial y la historia se la saben, no pasamos de octavos, pero Aguirre estaba en su mejor momento. Como a todos los que les va bien en nuestro país, migró a Europa y siguió avanzando, Osasuna, el Atlético de Madrid fueron los dos equipos fuertes de su época. Después vendría el Levante, el Espanyol, la selección japonesa y los Emiratos Árabes.

En fin, la foto. Me fui con esa finta, creí y me emocioné porque mi memoria creyó que sería igual y no lo fue.

El Javier Aguirre que llegó al Monterrey se la pasaba sentado en la banca, no salía con el pecho de fuera, con la mirada de molestia, con ganas. No gritaba, no contagiaba, no hacía click con nadie, ni con nada. Fueron 53 partidos con los Rayados y no se ganó ni a la afición y seguramente ni a los jugadores.

Ahora que por fin dejó de ser el DT, tuve que irme a buscar esta foto que hoy les comparto, porque ese era el que los hubiera hecho campeones e incluso pelear en el Mundial de Clubes dignamente.

Prometo que cada partido tenía la esperanza de ver a ese Director Técnico de los 90s, el cúmulo de imágenes en mi mente eran muchas y lamentablemente no pasó.

La memoria me traicionó y caí, como todos.

VASCO AGUIRRE