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Juan Villoro dice que elegir a un equipo de fútbol es una forma de elegir cómo transcurren los domingos, y yo diría que es cómo pasan los días en que hay juego.

Porque los que somos aficionados de hueso colorado a un color, una playera y una afición sabemos que el día que hay juego, todo cambia. La agenda se adapta al horario en televisión, no importa la hora de una junta, de salida, de la cena con los amigos y si hay que aguantar, porque la familia es primero, nos encontramos la manera de estar al pendiente del juego.

Somos aficionados y eso conlleva una pasión que incluye rituales personales y otros que sí son compartidos a la vista de cualquiera, como llevar la playera desde que despiertas, estar repasando la alineación, tener claro las estadísticas porque así sabemos la posición en la tabla y por ende qué tanta probabilidad tenemos de ganar, empatar o en su defecto, perder.

Pero aunque tengamos cercana la idea de la derrota, el ritual no falla. El jersey debe estar limpio, si se juega de local, los boletos deben de estar a la vista, la hora de salida para llegar a tiempo, las pláticas entre amigos del mismo equipo y los contrarios, porque debe de haber esa jiribilla y carrilla para calentar los ánimos hasta que de el silbatazo el árbitro.

En esta foto del fotoperiodista Alejandro Zepeda en Tijuana, que capta a la afición caminando a las afueras del Estadio Caliente para presenciar el partido contra las Chivas.

Allí va caminando una pareja en primer plano, él la mira atento, ella va sonriente mirando hacia al frente, como se va al estadio, con un rostro de ilusión y emoción compartida con su pareja y con el resto que caminan por la misma cera.

Porque el humor nos cambia en cuanto bajamos del auto o del camión. Nos transformamos como si fuéramos a saltar a la cancha con los 11 jugadores, les vamos a gritar como si también fuéramos parte del cuerpo técnico y festejaremos el gol como si lo metiéramos nosotros.

Allí va ella, con sus jeans rotos, su playera, sus lentes, su gorra, se siente cobijada, aceptada y feliz de transformarse en carne y hueso en una fanática del fútbol que vivirá 90 minutos sin que nada, ni nadie la interrumpa.

Porque los 90 minutos del partido, es un tiempo “sagrado” diría yo. Porque así somos los que crecimos viendo el futbol y mirando cómo nuestro papá detenía el tiempo de todos, aunque hubiera quienes no les gustaba ver la pantalla, para que él pudiera ver a su equipo.

Ir al estadio es una fiesta y por eso, nos ataviamos con el jersey recién lavado como si fuéramos a un evento de gala y caminamos triunfantes cuando aún no comienza el juego y salimos envalentonados o desilusionados cuando acaba.

Pero la próxima semana cuando vuelvan a jugar, todo vuelve a empezar. Que a los que nos gusta el futbol, por ilusión no paramos.

La fiesta del futbol - 1a1e4790f23ad9d9b99dd7464e838d578e4be3d5w-1024x725
EFE/ Alejandro Zepeda