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La doma del poder” es el título de un ensayo de Bertrand Russell, publicado en 1939 dentro de su libro Power: A New Social Analysis.

Es un ensayo que en su momento le pareció a George Orwell pleno de inteligencia, nobleza de espíritu y decencia intelectual, pero en cierto sentido irrelevante para el oscuro momento que gobernaba el mundo, y que acabaría por sumirlo en la oscurísima noche de la Segunda Guerra Mundial.

Russell repasaba en su ensayo, como quien despliega en el piano una suave y deseable sonata, las condiciones políticas, económicas y psicológicas (educativas) que podían domar al poder, regularlo, civilizarlo, ponerlo al servicio de las mejores reglas de gobierno, las mejores condiciones económicas y las mejores pasiones del hombre. Eso, en el momento en que Hitler iniciaba su expansión bélica, Italia consolidaba su dictadura, Japón atacaba China, Stalin militarizaba la Unión Soviética y el mundo era una gigantesca asamblea de poderes indomados.

Lo que decía Russell que había que hacer era justamente lo contrario de lo que en ese momento hacían los gobiernos del mundo. Había que cuidar la democracia, decía Russell, guiándose por la voluntad de la mayoría, pero garantizando la voz y los derechos de las minorías.

Había que disminuir las desigualdades económicas, aumentando el control democrático del Estado sobre la generación y la distribución de la riqueza. Había que educar a la sociedad cultivando sus mejores impulsos, mediante la deliberación plural y el espíritu científico, cuya esencia es saber y dudar al mismo tiempo.

En su nota de 1939 Orwell escribió, con toda razón, que el libro de Russell no ofrecía ninguna salida practicable para el mundo que tenían delante. La idea subterránea de Russell, abrevió Orwell, con retenida incomodidad, era que “el sentido común siempre gana al final”.

Nada prometía el triunfo del sentido común en 1939, pero sabemos ahora que, aunque el costo fue imborrablemente alto para la humanidad, el sentido común que había en la mirada científica y filosófica de Russell, se impuso al final de la gran medianoche del siglo XX. Pienso que lo que prevaleció sobre aquella hecatombe prevalecerá también sobre la modesta calamidad mexicana de nuestros días. Ojalá que pronto.