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Zonas de conflicto se acumulan bajo el paraguas del nuevo gobierno. Su tranco destructivo, o transformador, como quiera llamársele, va encontrando a su paso resistencias de todo tipo, pero su denominador común es una mezcla de impericia y dureza.

La dureza de la fuerza destructiva, o transformadora, como quiera llamársele, es manifiesta. Para este momento la cuenta de la destrucción lleva un aeropuerto de clase mundial, un estado mayor presidencial, un régimen de salarios federales, una reforma educativa, una reforma energética, un sistema de delegaciones federales en los estados, una red de estancias infantiles, todos los programas sociales vigentes hasta el año pasado, una policía federal y al menos un punto de crecimiento de la economía.

En todos los frentes ha podido observarse, junto con la dureza, la impericia del nuevo gobierno, cuyo gabinete se hace visible, fundamentalmente, a través de sus errores de trato y maltrato con sus clientelas.

La herencia destructiva de los primeros meses del nuevo gobierno es mayor que la siembra transformadora, sin contar que los mayores efectos destructores están aún por desplegarse en la cuenta irrevocable del tiempo.

Los nuevos programas y las nuevas políticas del gobierno también están sujetas al tiempo. No parecen todavía capaces de sustituir lo que destruyen, en parte, porque lo que están destruyendo son algunas de las capacidades del gobierno para construir.

En las asignaturas fundamentales de lucha contra la impunidad, la corrupción, la inseguridad, podría decirse que el gobierno no ha empezado a empezar.

La crisis de la Policía Federal en curso, hija también de la dureza y de la impericia, es un ejemplo acabado de la destrucción que no transforma, que destruye a veces los mismos ladrillos con que hubiera podido construir.

Por momentos el gobierno recuerda al mecánico de caricatura que desarma pieza por pieza el motor de un automóvil para llegar a la raíz de las fallas, y luego no sabe cómo armarlo de nuevo.

Y donde al principio había un motor con fallas ahora hay solo una alfombra de piezas sueltas.

Es el inconveniente de las destrucciones transformadoras: lo que destruyen es real, lo que construyen está por verse.