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Deben ser muchos todavía los que recuerden cómo el día del informe estaba marcado en el calendario cívico mexicano como día festivo.

La televisión se encadenaba para dar cuenta de las entrevistas a la familia presidencial en los jardines de la Residencia Oficial de Los Pinos. Todos desocupados de sus actividades habituales para atestiguar el paso del convoy presidencial rumbo al palacio legislativo, donde una comitiva lo esperaba en la escalinata para dirigir al primer mandatario a la máxima tribuna, donde era recibido con un largo aplauso.

Acto seguido: “Honorable Congreso de la Unión…”

Pasamos de ese día del presidente al día contra el presidente, y de ahí a lo que tenemos hoy: nada.

El Informe de Gobierno era una oportunidad prácticamente única de conocer muchos datos que solían estar guardados con siete llaves; por ejemplo, el monto de las reservas internacionales del país sólo se daba a conocer en la convención bancaria y en el informe.

Hoy, prácticamente toda la información que contiene el documento entregado al Congreso es pública y cotidiana. Ya no hace falta la lectura apresurada de las cientos de páginas del documento central y sus anexos para descubrir una larga lista de datos económicos.

Hasta ahí, un buen cambio. Sin embargo, se ha perdido una enorme oportunidad de interacción entre los poderes, que simplemente no tienen ningún interés en la rendición de cuentas, mucho menos en el debate de los temas nacionales.

El Poder Legislativo está totalmente ausente desde que se aprobaron las llamadas reformas estructurales. La mayoría que tiene el Ejecutivo en la Cámara de Diputados anula una fuerza opositora y en el Senado tienen una larga lista de temas pendientes que poco los vincula con el Ejecutivo, al menos ante la opinión pública.

El Poder Judicial sigue inalcanzado en muchos aspectos de transparencia, Estado de Derecho y combate a la corrupción.

Y el Poder Ejecutivo sigue pagando la factura del país presidencialista donde por muchas décadas no había más voluntad que la de un solo hombre. Ese que salía de leer su mensaje político el 1 de septiembre en medio de una lluvia de papel picado que tapizaba las calles del centro de la capital del país.

Hoy no sólo nos perdimos de un muy bonito puente que se pudo haber organizado entre un jueves 1 de septiembre festivo y este viernes 2, sino que nos perdemos como país de la obligación que tienen los gobernantes de rendir cuentas.

Ahora hay que esperar hasta el jueves de la siguiente semana para escuchar al gobierno federal tener un posicionamiento importante en materia económica con la presentación del Paquete Económico para el 2017.

Era terrible el día del presidente, por la megalomanía que reflejaba. Era vergonzoso el día contra el presidente, como los que vivieron Fox y Calderón, por la barbarie política que proyectaba. Pero la incomunicación entre poderes que hoy padecemos es un asunto terriblemente grave, porque el juicio se deja en manos de un paredón anónimo en las redes sociales, alimentado por bien entrenados y organizados rupturistas.