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Lo que son las cosas, el único indicador que ha presentado un comportamiento en forma de “V” en la economía mexicana, como prometió el presidente, ha sido la inflación. Y no es precisamente la mejor noticia.

Este país está lejos de tener la amenaza de una deflación, como sí lo han vivido otras economías desarrolladas. El mejor ejemplo es Japón, donde la expectativa de baja en los precios inhibe el consumo.

Lo que sí vimos en México fue una baja en las presiones inflacionarias de la mano del derrumbe económico del segundo trimestre del año. Así, la inflación anualizada de abril de este año se ubicó en 2.15%, en el límite inferior de lo que el Banco de México dice tolerar como registro inflacionario.

A partir de ese momento se ha dado un rebote en forma de “V”. El tema es que desde agosto pasado el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC) ha superado la tolerancia de 3% más, menos, un punto porcentual, que el banco central tiene fijo como meta inflacionaria.

Es comprensible, por los componentes que han presionado la inflación general, que la Junta de Gobierno no vea en la válvula de las tasas de interés la manera de reencauzar el indicador principal de precios, ahora que se ha pasado por unas cuántas décimas del nivel tolerable.

Pero es justamente en esos subíndices, que presionan la inflación general, donde puede haber un problema social, más que de política monetaria.

Hasta el cierre de la primera quincena de octubre, la inflación medida a través del INPC se ubicaba en 4.09 por ciento. Un nivel que sólo los muy quisquillosos podrían reclamar al Banxico.

El problema es que, en ese mismo lapso, el subíndice de Alimentos, Bebidas y Tabaco, dentro de la inflación subyacente, presenta un registro anual de aumento de 6.98 por ciento.

De hecho, el subíndice de mercancías, con un registro anual inflacionario de 5.45%, está fuera del rango. Sólo que la pandemia le pasó una factura más difícil de cubrir a los servicios, que muestran un aumento anualizado de los precios de 2.44 por ciento.

Y ni hablar de los precios que dependen del temporal. Las frutas y verduras tienen una inflación anual acumulada de 15.10 por ciento.

Lo que compensa lo caro que están las frutas y las verduras, y en general los productos agropecuarios, es el comportamiento de los precios energéticos, que, afectados en todo el mundo por la pandemia, tienen un registro de inflación negativa de -0.38 por ciento.

¿Cambió en el destino del gasto en los hogares por la pandemia? ¿Hay dificultades de producción por la misma causa? Habrá que ver las causas de este desbalance entre oferta y demanda.

Mientras tanto, hay que tener como un foco amarillo en el tablero de la crisis económica el hecho de que todavía haya millones de personas con una afectación en sus ingresos, muchos por desempleo, y que al mismo tiempo haya una presión en los precios de los productos alimenticios.

Lo peor que puede ocurrir es que este fenómeno despierte a los demonios del populismo y empiecen con los discursos de controles de precio y hasta limitación de la demanda.