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El capitalismo es una destrucción creativa: una innovación continua que destruye la innovación precedente por sus mejores rendimientos. La expresión, acuñada por el economista austriaco Joseph Schumpeter, resume como ninguna el verdadero espíritu del capitalismo: no la inmovilidad atrincherada en los privilegios acumulados de la riqueza, sino la destrucción continua de la riqueza existente por la riqueza de nuevo origen, de renovada productividad.

Leí alguna vez la lista de 150 oficios que desaparecerían por la innovación tecnológica exponencial de nuestros días.

Entre ellos, el de chofer y el de cirujano. Frente a este poder de transformación, se antojan arcaicos los paradigmas decimonónicos anticapitalistas de la revolución social, que el mundo puso en práctica, con resultados trágicos, durante el siglo XX, y arrastra todavía, con ropajes populistas, en el siglo XXI. La llamada cuarta transformación es uno de esos ropajes, y pudiéramos decir que ha inventado su propia fórmula anti-Schumpeter: la destrucción no creativa.

El rasgo central de esta destrucción no creativa es su falta de innovación sustituta, la pobreza conceptual de su alternativa de futuro. Mientras el mundo cambia exponencialmente su poder de innovación, la llamada cuarta transformación se refugia en el pasado, quiere volver al mundo de ayer, con un Presidente todopoderoso y una economía regida por las empresas energéticas del Estado.

Nada ilustra mejor esta separación del espíritu de los tiempos como la política energética de este gobierno que pone al país rumbo a las energías fósiles cuando el mundo camina hacia las energías limpias. La explosión de los ductos submarinos de Pemex en la Región Marina Noreste, donde está Cantarell, cuyas llamas recorrieron el mundo, me recordó el incendio del pozo Ixtoc, reventado en 1978, en la misma zona.

Salvo que en 1978 México había descubierto apenas el yacimiento de Cantarell, el segundo mayor de la historia, y caminaba hacia la abundancia petrolera, mientras Cantarell es hoy un pozo en declive, cuya abundancia se ha ido y no volverá. No hay pasado sustituto del futuro al que volver.

Empeñarse en lo contrario es el meollo de la pobreza conceptual de la llamada 4T, el eje de su poder de destrucción no creativa.