La soledad de Cuba

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Héctor Aguilar CamínDía con día

Llegado a ese punto, el ejército no tendría sino la opción de reprimir a su gente o unirse a ella: masacrar o reformar. En ambos casos, el fin de la Revolución

Todo ha confluido a la explosión de Cuba: la pandemia sin control, los apagones sin fin, las colas sin excepciones, la crisis alimentaria, la falta de medicamentos, la crisis del turismo y de las remesas, las restricciones monetarias para la compra de bienes, la ventana abierta de internet, la represión de artistas y periodistas que pedían libertad y la soledad económica de la isla, que no recibe ya lo que por décadas recibió de fuera: primero de la URSS, luego de Venezuela, siempre de las remesas de cubanos y de visitantes del exterior, cosas que se multiplicaron durante el gobierno de Obama, fueron recortadas draconianamente por el gobierno de Trump y se mantienen como están, sin cambios, en el gobierno de Biden.

Cuba se ha quedado a solas con su economía y su economía alcanza para poco en un momento en que las crisis convergentes de la isla y el uso de internet potenciaron las voces inconformes, de periodistas, blogueros, músicos, artistas, difundiendo estilos, lenguajes, modas, esperanzas y fatigas contrarias al muro de piedra del discurso vacío de la Revolución y sus opresiones cotidianas.

Todo fue acumulándose bajo la mediocridad de un liderato político torpe, con un presidente de ocasión, Miguel Díaz-Canel, ciego y arrogante a la vez, que pasó de los discursos violentos a los discursos conciliadores, en ambos casos discursos falsos de un hombre que tiene todos los reflejos, pero ninguno de los talentos dictatoriales de sus patronos, los hermanos Castro.

La inesperada, valerosa y potente movilización de la isla ha sido contenida hasta ahora sin echar mano del ejército, usando nada más los otros tres círculos de represión de la seguridad del Estado: contramanifestantes inducidos, paramilitares con palos vestidos de civil y la policía.

No han tenido que sacar al ejército a la calle a reprimir, lo cual marcaría el momento terminal del régimen, como ha dicho Jorge Castañeda (ver aquí).

Llegado a ese punto, el ejército no tendría sino la opción de reprimir a su gente o unirse a ella: masacrar o reformar. En ambos casos, el fin de la Revolución.

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