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Me dice un buen amigo que la expresión “ciudad de los palacios” para la Ciudad de México no es de Humboldt, como dije aquí el viernes pasado, sino de un viajero distinto, menos clásico pero acaso más legible: Charles Latrobe (1801-1875).

Latrobe fue un precoz y empedernido viajero inglés que visitó muy joven Estados Unidos y México, entre 1832 y 1836, y del que José Ignacio Lanzagorta ha hecho una larga, erudita y deliciosa evocación.

Es común la atribución a Humboldt porque la hicieron dos autores célebres del XIX: la marquesa Calderón de la Barca en “La vida en México” y Guillermo Prieto, en piezas periodísticas dedicadas a contradecir la expresión, pues en la ciudad que él caminaba en esos años veía más miserias que palacios.

Latrobe tuvo una larga historia de viajero que terminó llevándolo a Australia donde fue autoridad británica colonial y es bien recordado como tal. No hay duda alguna de que fue él quien se refirió a la Ciudad de México como “la ciudad de los palacios” en su libro Rambler in Mexico, uno de la serie que escribió sobre sus visitas a otros países.

La expresión “ciudad de los palacios”, dice Lanzagorta, no era infrecuente en viajeros europeos de la época, que la aplicaron a otras ciudades como Calcuta y Génova. Latrobe acuñó para la ciudad de Puebla una expresión que tuvo menos fortuna pero que proviene de una anécdota fantástica, digna de memoria. Latrobe llamó a Puebla “la ciudad de los fanáticos”, y demostró su dicho, entre otras cosas, con la historia de un inmigrante europeo que trajo a México unos caballos ingleses de gran alzada, muy distintos de los mexicanos.

En su trayecto de Veracruz a la Ciudad de México los caballos fueron vistos como heréticos por venir de tierras anglicanas. En Puebla se dio el peor momento: hubo protestas en las calles y pedreas al paso de los animales. Escarmentado por los poblanos, el dueño de los caballos decidió “llevarlos a bendecir”, dice Lanzagorta, “a San Antonio Abad, en el entonces sur de la Ciudad de México, para cristianizarlos bajo el sello de Roma y frenar las amenazas por su pagana existencia”.

Cosas veredes.