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La espiral de sangre que vive México alcanza en estos días rasgos de una catarsis. Entre otras cosas, porque la Iglesia católica, sacudida también por la violencia, empezó a hablar de lo que ven y viven sus sacerdotes y sus feligresías: una captura criminal de la vida de las comunidades que no perdona recintos, creencias ni jerarquías espirituales. Dos misioneros jesuitas fueron muertos frente al altar en el interior de su iglesia, por la mano de un sicario que es el dueño de la región de la Tarahumara.

La Conferencia Episcopal Mexicana emitió un comunicado que vale como un retrato de la profundidad social y moral del daño. El arzobispo de Zacatecas y el cardenal de Guadalajara revelaron que en sus visitas pastorales han sido detenidos e interrogados por delincuentes. El cardenal de Guadalajara ilustró la profundidad de la captura criminal de la sociedad describiendo lo que pasa con las fiestas patronales en el norte de Jalisco.

“Todas las parroquias que están en esa zona”, declaró el cardenal, “para poder celebrar la fiesta patronal, es decir, la feria del pueblo, tienen que obtener el permiso del encargado de la plaza.

El encargado de la plaza le autoriza al sacerdote celebrar la fiesta patronal, pero tiene que reportarse con el 50 por ciento del resultado de la fiesta” (ver aquí). Lo que pasa en los templos y en las fiestas patronales es sólo un espejo de lo que sucede en otros ámbitos.

El negocio del narco se ha extendido o ha mutado del trasiego de drogas a la extorsión de la sociedad en todos los órdenes de la vida, incluso, lo vemos ahora, en el de sus hábitos, sus templos y sus guías religiosos.

La seguridad de la vida diaria del país cambia aceleradamente de manos, de las de la autoridad a las de la delincuencia.

Y volvemos a oír desde el gobierno la vieja barbaridad de que en las zonas dominadas por una sola organización criminal, no hay violencia.

Como si tener un dueño criminal pudiera ser la solución a los problemas de seguridad de una zona y no el último escalón de la inermidad, el miedo y la opresión.