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Las cábalas del futurismo mexicano de estos días versan sobre la candidatura del oficialismo que definirá el Presidente, tal como ha dicho él mismo: “Ya no hay tapados, yo soy el destapador y mi corcholata favorita va a ser la del pueblo” (MILENIO, 12/7/21).

El Presidente ha dicho ya los nombres de quienes pueden ser sus abanderados, gran palabra del periodo del futurismo clásico (1946-1994).

Salvo que una regla del juego futurista clásico es no creer en las señales obvias que manda el Presidente, sino recibirlas como fintas para ocultar su verdadero juego, o bien, por el contrario, para “engañarnos con la verdad”.

En esto no hay diferencias con las suspicacias del futurismo de siempre. Lo que ha cambiado mucho es que, a diferencia del periodo clásico, quien se gane hoy la candidatura oficial no estará ganando en automático la Presidencia: tendrá que ganársela también en las elecciones, lo cual, vistos los resultados del 6 de junio, nadie puede garantizar.

En el campo de la oposición las cábalas tienden a coincidir en que no hay candidatos a la vista capaces de ganarle al oficialismo en 2024. Igual se dijo camino al 6 de junio pasado: que no había oposición, que el oficialismo iba a arrasar.

Cierto, la oposición no se hacía sentir en público, pero apareció en las elecciones con candidatos en todo el país, municipio por municipio, y recogió votos en proporciones que pocos anticiparon, empezando por los encuestadores y el gobierno. La oposición pasó en solo un día de elecciones de la invisibilidad a la competencia: reapareció. No sabemos lo que hará la oposición para 2024, aunque la experiencia del 6 de junio indica que aliada le irá mejor que separada.

No se ven grandes candidatos en la oposición, pero tampoco en el oficialismo. La caballada está flaca en ambos frentes.

La contienda de 2024 no pinta para ser entre candidatos potentes sino entre aspirantes promedio de la clase política mexicana, la cual no se caracteriza por su carisma. Sus virtudes son otras, cuando las tienen: mesura, aversión al riesgo, disposición a negociar, y, sobre todo, que pierden el poder cuando pierden el puesto. El juego está abierto.